Manoseo de la honestidad y la transparencia – Por: Valeriano Colque

Mientras, se debatía la interrupción voluntaria del embarazo, la sociedad se vio sacudida por una revelación que, cual caja de Pandora, abre una ventana a la raíz profunda de nuestros males.

Los llamados “cuadernos de la corrupción” hablan de un esquema de coimas que parece haber sido una práctica corriente durante el kirchnerismo. No sólo eso: hablan de una red sombría entre funcionarios, empresarios y jueces. Una trama que en ese período llegó a la irritación. Pero que desde hace décadas es moneda común en las cumbres del poder.

Los ciudadanos creen eso. Lo saben. Lo sufren. Y en muchos casos parecen estar hipnotizados, quizá por haberse acostumbrado a convivir con la corrupción. O por usufructuar o sacar tajada de ella.

Los gruesos hilos que atraviesan la trama por la que pasa el tejido de vínculos entre el poder político y las empresas se hicieron letras. Y con ellas, afloraron las expresiones del repentino minutero de un chofer que describió (¿para quién o para quiénes?) un engranaje del artilugio de la corrupción con la obra pública.

Pero una mayoría silenciosa muestra su hastío contra ese pantano infectado que comienza a salir a la superficie. Y en esto no debe haber grietas ideológicas. No hay lugar al “roban pero hacen”, ni al “roban para hacer política”, ni para “ustedes no hablen porque son peores”. Nada justifica el trasiego ilegal de dinero, la compra de influencias, los favores a los amigos del poder o la persecución a los adversarios.

Con mucha menos pomposidad y a puro rigor estadístico, el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) le está poniendo cifras a la difícil coyuntura económica. Son los cuadernos públicos y oficiales de la recesión, un clásico en el electrocardiograma de la macroeconomía argentina.

Suele haber una tentación, lugares comunes, analogías, para vincular ambos fenómenos. En realidad, van por carriles bien diferentes, aunque es cierto que terminan en el mismo lodo de nuestros fracasos institucionales.

En agosto de 2016, el exsecretario de Obras Públicas del gobierno kirchnerista José López era sorprendido mientras intentaba ingresar bolsos repletos de dólares a un monasterio en el partido bonaerense de General Rodríguez.

Las filmaciones causaron estupor, tal como había sucedido meses antes cuando se difundieron imágenes de personas contando fajos de dinero en la financiera SGI, conocida como “La Rosadita”, en Puerto Madero, ciudad de Buenos Aires. Muchos argentinos creyeron que habían colmado su capacidad de asombro luego de asistir a semejantes obscenidades asociadas con la corrupción.

Pero hay más de qué asombrarse. Ahora detonó el escándalo de los cuadernos de las coimas, un entramado de presuntas conexiones espurias que involucraría a exfuncionarios de la administración kirchnerista y a empresarios a los que se les otorgaron obras de infraestructura.

Como corolario de una investigación periodística, el juez Claudio Bonadio ordenó las detenciones de personas sospechadas de haber participado en una matriz de corrupción, con multimillonarios desembolsos de dinero destinado a la obra pública.

Causa conmoción el desenfado de algunos personajes que obraban desde el subsuelo del poder político. Según la investigación, el desbaratamiento de las maniobras fue posible porque se descubrió que el chofer de uno de los funcionarios implicados anotó durante años, en un cuaderno, días, horarios, nombres y montos de las coimas.

La pesquisa profundiza en dirección a que los dineros sucios terminaban presuntamente en manos del matrimonio Kirchner, previa escala en el ministerio que conducía Julio De Vido.

El recopilador de datos–el chofer Oscar Centeno–completó ocho cuadernos con las vinculaciones entre los que al parecer coimeaban y los receptores de lo recaudado por esa vía.

Qué más se le puede brindar a una sociedad harta de la deshonestidad llevada a cabo desde dentro y fuera del Estado y que, lejos de ser erradicada, se reitera con conductas repudiables.

Nadie puede sentirse a salvo de las tajadas. La causa, que promete escándalos considerables, tiene a la flor y nata del kirchnerismo en primera línea.

El impacto en la economía real. Los últimos hechos ya impactaron en la economía real, con una disparada hacia el dólar–alentada por el llamado “el efecto manada” a nivel global–, que llevó su cotización a casi 30 pesos, y la caída de las acciones de las principales empresas y de los bonos de la deuda argentina. La tasa de riesgo país se disparó por encima de los 700 puntos. Hoy, tomar crédito externo supone pagar tasas en torno del 10 % anual en dólares. Imposible.

Existe un factor clave: con su economía dolarizada de hecho, la Argentina no emite ni tampoco genera dólares genuinos, que salgan de procesos productivos. Y ese problema no se resolverá emitiendo deuda ni pidiendo auxilio al FMI. Sólo se resolverá con crecimiento económico.

Hay dos cuestiones intangibles que son centrales en la economía: la confianza y las expectativas. Si no existe la primera, la segunda es para preocuparse. Es lo que está pasando en la Argentina: el Gobierno y el país sufren la desconfianza.

Es estructural, y se recalienta cuando ocurren situaciones coyunturales como la incipiente recesión y el escándalo judicial por casos como la corrupción kirchnerista, en la que participaron empresas.

Porque la corrupción no es unidireccional ni partidaria. Es transversal y multidimensional: son las mismas empresas formadoras de precios las que evaden millones y fugan divisas, las mismas que al cabo de unos años terminan siendo premiadas con blanqueos de capitales.

Exfuncionarios y empresarios empezaron a caer. Y, según anticiparon fuentes judiciales, pronto caminarán por los pasillos de los Tribunales gobernadores, intendentes, y hasta artistas y periodistas.

¿Impactarán entonces los cuadernos en la economía? Sí. El escándalo es un aporte más a la desconfianza externa y de los propios agentes económicos locales que ya se está sintiendo. Pero la economía viene mal desde hace años por problemas estructurales que, lejos de resolverse, se han agravado.

El contexto es preocupante a partir de una caída del consumo (el salario recuperaría algunos puntos recién en el cuarto trimestre), el ajuste en los gastos del Estado, con una lenta recuperación de las exportaciones y prácticamente sin inversiones. Los motores de la demanda agregada están casi paralizados.

Con la recesión encima, los cuadernos de la corrupción terminaron de sepultar las expectativas de que el promedio del año terminaría con crecimiento. La maldición de los años pares va camino a cumplirse. Las causas de corrupción dejarán sus secuelas en grandes empresas de la Argentina–Techint, Impsa–Roggio (más de 30 empresas, 13.700 empleados) y Electroingeniería, con presencia en ocho países.

Las expectativas son de un mejor 2019 a partir del crecimiento global de la economía, de una mejora en Brasil, la reversión del flujo turístico, una buena cosecha y precios para el trigo, las exportaciones de gas natural a Chile desde enero, las inversiones en energías renovables y en minería, entre otros factores.

¿Servirán estas perspectivas para que los técnicos del FMI, quienes pondrán la lupa sobre las cuentas nacionales, aprueben el segundo desembolso? La reunión del G-20 es un condicionante para el Fondo: no puede estallar un país que recibe a los líderes mundiales.

Es de esperar que este escándalo sea investigado en la Justicia con seriedad y determinación. Sería un aporte al ciudadano que asiste atónito al manoseo de la honestidad y la transparencia.

Los cuadernos no deben quedar en una anécdota. Además de mostrarnos la causa de la pobreza, la inflación, las carencias de infraestructura y la laxitud de los controles estatales, deben ser una puerta a un nuevo futuro.

Es hora de que la dirigencia política diga con claridad si está dispuesta a una lucha frontal contra la corrupción. La de los gobiernos anteriores y la de los actuales, si a eso condujeran las investigaciones. Que proscriban todo financiamiento político ilegal. Que aparten de sus filas a quien se apartó de la ley y la decencia.

Es hora de que los empresarios no sólo colaboren con la Justicia, sino que apliquen controles internos que impidan prácticas corruptas.

Es hora de que los jueces–de todos los niveles y de todas las jurisdicciones–comprendan que el poderoso de turno es el ciudadano común, el que quiere trabajar y exige un futuro mejor. Que pagar los mismos impuestos que el resto de la sociedad no condiciona el trabajo judicial, sino que demuestra que forman parte del mismo país.

Es hora, en definitiva, de levantar las banderas de la ética y de la transparencia contra la corrupción. No bajemos las banderas de las luchas recientes. Pero levantemos todos pañuelos transparentes, sin colores que dividan. Y que queden así expuestos los que quieran preservar los negocios turbios, la política en las sombras. ¿Alguien enarbolará pañuelos negros en su defensa?

pie-Dr-Valeriano-colque

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