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La devaluación permite tener más oxígeno en las cuentas externas – Por: Valeriano Colque

El ajuste del tipo de cambio fue necesario en una situación de altos desequilibrios que sólo cerraba con endeudamiento externo.

A partir de la suba del tipo de cambio y el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), se modifica la dinámica complicada que traía la economía y los desbalances que ello generaba. En particular, la balanza comercial y toda la cuenta corriente externa y el déficit fiscal.

La devaluación permite tener más oxígeno en las cuentas externas. Un dólar más alto incentiva las exportaciones y reduce las importaciones, lo que mejora la balanza comercial. En la cuenta servicios, achica la salida de dólares por turismo y gastos por tarjeta, y aumenta la cantidad de extranjeros que vienen al país.

Por otra parte, disminuye la compra de divisas para atesoramiento, tanto por el precio como por una menor capacidad de ahorro por el freno a la actividad. Además, el tipo de cambio alto va a hacer su parte en el sector industrial; muchas industrias recuperarán competitividad por esta vía. Aunque va a haber poco margen para avanzar en el resto de las reformas que se necesitan, como la laboral o impositiva.

De todos modos, los próximos meses serán difíciles. El pasaje a precios de la devaluación todavía no se dio de manera importante.

La tasa de interés, que hoy está en 40 %, va a ir bajando en los próximos meses, pero el piso lo pondrá la inflación, ya que tiene que ser positiva. Los últimos dos trimestres del año la actividad económica va a retroceder, para volver a crecer en 2019 si se sigue con el camino previsto.  

En cuanto al ajuste fiscal, en 2018 las exigencias no son muy importantes, pero hacia fin de año habrá que acomodar el barco para lograr las metas de 2019.

En cuanto al valor del dólar, los especialistas no ven razón para que el Gobierno quiera frenarlo y sostienen que el Banco Central intervendrá, seguramente, sobre todo si los vaivenes impactan en la inflación. Incluso, no hay que descartar que haya una intervención para evitar que caiga, si empiezan a entrar capitales.

Siempre que llovió, paró. Más rápido de lo que muchos creían, el Fondo Monetario Internacional (FMI) pondrá a disposición de nuestro país el 30 % (unos 15.000 millones de dólares) de los 50.000 millones de dólares en concepto de anticipo.

Propios y extraños coinciden en que el frente externo ha quedado despejado, una evidencia a la que le va a costar un tiempo alcanzar también el equilibrio interno.

El acuerdo con el FMI es también como terminar de sacarle la cosmética al rostro de la economía; todo quedó más expuesto que nunca. También las grietas en el interior del interior del gasto público, ese extenso territorio del que cada tanto surgen misteriosos rincones por los que, para variar, se pierden millones como si la plata brotara en la superficie. Así es como vamos a pasar los próximos años: sin maquillaje. Aun con el gradualismo latente, la etapa de aceleración para achicar el déficit fiscal no es otra cosa que el esforzado ajuste con el que los argentinos hemos venido jugando a las escondidas, pese a que nos vienen gritando piedra libre desde todos lados.

En los capítulos centrales, y con un nuevo mapa de ruta, todo indica que el recorte vendrá por los subsidios a las tarifas de servicios públicos (energía y transporte), por los fondos para obras y por las transferencias no automáticas a las provincias.

La llave maestra para despejar ese escenario no salió aún de la política, en la que el cuño dependerá del nivel institucional que tenga la negociación del presidente Mauricio Macri con los gobernadores. La antesala está clara: el oficialismo sale a jugar su futuro con los botines cambiados y en una cancha en la que se espera mayor conflictividad, y con el peronismo con las camillas listas para recoger heridos.

El segundo semestre será complicado. Tanto que la re-recalibración de metas inflacionarias se quedó sin norte para este año. Ni 15 ni 17 %. La expectativa del mercado promedia 27 %. El único horizonte que se animó a trazar el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, fue “20 a 21 %” de aquí a un año.

En simultáneo, la mayoría de las industrias prevé una caída en el nivel de actividad. Y están las famosas tasas del 40 %, que hicieron saltar las térmicas. ¿Hasta cuándo? Tampoco hay una meta clara. Pero hay una decisión profunda de cortar la espiral. El Banco Central se autoimpondrá, como ya lo hizo en otras épocas, dejar de pasarle plata al Tesoro. Ese proceso cortará la monetización del déficit fiscal, empezará a desactivar Lebac y dejará de retroalimentar a la inflación.

En definitiva, como cualquier proceso, siempre que llovió, paró. De todas las crisis, en algún momento se sale. La cuestión es a qué costo, con qué niveles de pobreza e indigencia, con qué consecuencias en la desigualdad y con qué impacto en el empleo y en la producción.

 

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