Era el FMI o un ajuste brutal – Por: Joaquín Morales Solá

Mauricio Macri es una excepción (junto con el chileno Sebastián Piñera) en una América Latina amenazada por nuevos populismos (México y Colombia) o por intensos procesos de inestabilidad (Perú y Brasil, claramente). Ese paisaje de la política continental permite comprender por qué la Argentina recibió la ayuda financiera más importante de su historia.

Una pregunta resulta inevitable: ¿por qué el Presidente debió buscar la ayuda internacional seis meses después de haber ganado cómodamente las elecciones de mitad de mandato? ¿Por qué, cuando hasta hace poco parecía que la economía crecía y la inflación bajaba? Hay una manera de ver las cosas solo con los resultados. Se equivocó, entonces. Sin embargo, en cualquier análisis objetivo deben incorporarse las novedades de los últimos meses. Los efectos catastróficos de la sequía para la producción del campo, que sigue siendo el factor fundamental de la economía argentina. El aumento del precio del petróleo para un país que es importador de petróleo. Y el fortalecimiento del dólar y la suba de las tasas de interés en los Estados Unidos, que hizo estragos (y los hace todavía) en los mercados emergentes. Esta última novedad tuvo un efecto especialmente nocivo para la Argentina por su extrema dependencia del crédito internacional.

A principios de enero, cuando el ministro Luis Caputo consiguió préstamos por 9000 millones de dólares en el exterior, Macri se enteró de que era la última remesa que le llegaría de afuera del país. Se había terminado la buena predisposición para prestarle a la Argentina. Un mundo nuevo y un mercado saturado de bonos argentinos. ¿Qué hacer? ¿Bajar de un solo golpe el déficit fiscal? ¿Aguantaría la sociedad y la política semejante estremecimiento? Macri siempre consideró en la intimidad que los problemas de la economía argentina estaban en el excesivo gasto de su Estado. Que solo el equilibrio de las cuentas públicas garantizaría el crecimiento del país. Las limitaciones de la política (de la política electoral, sobre todo) le impedían avanzar hacia un gradualismo más acelerado en la reducción del déficit.

¿A cambio de qué? De un nuevo programa económico, sencillamente. El Gobierno prefiere no llamarlo de esa manera. Si por él fuera, lo llamaría “un 2018 plus”, porque continuará con la política de reducción del déficit fiscal. Las promesas de la administración consisten en bajar a un 2,7 por ciento del PBI el déficit de este año. Y al 1,3 el del año próximo. Una reducción de 1,4 en un año. Cada punto del PBI son poco más de 8000 millones de dólares. ¿Dónde podará? El compromiso del Gobierno es que no meterá manos en las partidas previsionales, difíciles de cambiar porque las respalda una ley del Congreso. Ni en la Asignación Universal por Hijo. En síntesis, el gasto social es un rubro intocable.

La aseveración de que cambió el Fondo Monetario desató una polémica (y la afirmación contraria también), en la que es difícil distinguir la información real de los prejuicios y la ideología. Es obvio que hay puntos de vista ortodoxos que siguen existiendo en el organismo. Pero, ¿no se dijo siempre que la economía debe ser conducida con cierta dosis de ortodoxia? ¿No fue John M. Keynes, sumo sacerdote de los heterodoxos serios, el que dijo que “en economía se puede hacer cualquier cosa, menos evitar sus consecuencias”? Al mismo tiempo, una prueba de que el Fondo cambió es la partida adicional de 40.000 millones de pesos de la que el Gobierno podrá disponer, si fuera necesario, para la Asignación Universal por Hijo. Un 50 por ciento más de lo que ya está previsto.

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