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Quieren que baje la inflación y el déficit, pero nadie sacrifica nada – Por: Valeriano Colque

Familiarizarnos con la inflación no nos absolvieron de sus efectos. El índice que publica el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) mensualmente no hace más que corroborar lo que vivimos a diario: que el costo de vida sigue alto en la Argentina.

La inflación está en la lista de las mayores preocupaciones de los argentinos. Y no es para menos. El incremento de precios, que se había estabilizado a mediados de 2017, volvió a ser motivo de preocupación a partir de un final de año “caliente” y un comienzo de 2018 donde el índice de precios al consumidor (IPC) no muestra señales de distensión.

La fuerte suba del dólar y el cambio de las metas inflacionarias para este año–del 10 al 15 %–, en paralelo con la baja en la tasa de interés, potenciaron las expectativas de suba de precios para un 2018 que, a priori, parecía mostrar un horizonte distinto.

Se dijo también que en los primeros meses de este año, el peso del ajuste en las tarifas había hecho que la inflación se disparara por encima de lo esperado. Pero que luego, cuando el Gobierno ya no toque el precio del gas, de la electricidad y de otros servicios públicos, el índice tenderá a bajar.

Las tarifas son precios “regulados” por el Estado y son sólo una parte de la inflación. El resto, el “núcleo duro” del índice de precios, se calcula sobre la base de bienes que no van de la mano de decisiones políticas.

También analizamos los diferentes escenarios que, a partir del dato publicado ayer por el Indec (2,3 % de inflación en marzo), podrían darse a finales de 2018. Porque, si no logramos acostumbrarnos a la suba de precios, al menos podremos avizorar qué más nos espera a la hora de meter la mano en el bolsillo.

Nadie se hace cargo de las pérdidas y todos los problemas deben ser resueltos por el estado. Si le preguntamos a todos los argentinos si están dispuestos a bajar la inflación y el déficit fiscal, es casi seguro de que todos dirían: ‘¡Sí!’. Ahora, si preguntamos cuántos están dispuestos a sacrificar ‘algo’ para bajar el déficit, la respuesta es: ninguno. La realidad parece darnos la razón. Para muestra, algunos botones.

Exfuncionarios kirchneristas están involucrados en el desvío de fondos por 265 millones de pesos destinados a la mina de Río Turbio, pero operarios detuvieron durante varias horas a miembros de la actual administración y atacaron al interventor.

Cristóbal López, a través de Oil Combustibles, retuvo impuestos por 8.000 millones de pesos (hoy representan 17.000 millones de pesos), pero la empresa no fue a la quiebra para evitar un escándalo social.

El campo viene de dos cosechas buenas, pero la de este año, por factores climáticos, será menor en 20 % en relación con el exitoso ciclo anterior. Los productores no sólo piden la emergencia agropecuaria, sino que les refinancien deudas a tasas subsidiadas por el Estado.

Nadie se hace cargo de las pérdidas y todos los problemas deben ser resueltos por el Estado. Ninguno está dispuesto a renunciar a ‘algo’ para aliviar el rojo de las cuentas públicas.

El déficit se cubre con endeudamiento, que cada vez pesa más en el gasto público, como lo demuestra el balance de marzo. Se gastó menos, aunque el déficit alcanzó a 14.702 millones de pesos por la incidencia del pago de servicios. Ese déficit no sólo obliga a tomar más deuda, sino que el dinero excedente alimenta la suba de precios, pese a que salarios y jubilaciones, por ahora, estarían perdiendo la carrera contra la inflación.

El consumo cae en los comercios minoristas y en las ventas de los hipermercados. Para sobrevivir, Carrefour pidió el procedimiento preventivo de crisis.

¿Por qué está en crisis Carrefour? “Por la suba de costos y la caída en el consumo, pero también por la marginalidad que afecta a las ventas de carnicería, verdulería y lácteos”, explican.

Los supermercadistas culpan a los locales chinos, que “venden productos de dudoso origen y calidad, además de que no tienen costos laborales (‘todos los empleados pertenecen a una familia china’). Están en todas partes, tienen unos 11.000 locales, incluso en los pueblos más remotos.

Trabajar en la informalidad tiene su beneficio. Se calcula que el precio de los alimentos incluye una carga impositiva de 38,1 % si el IVA es de 10,5 %, y de 43,4 % si el IVA es de 21 %. En las bebidas gaseosas, la carga impositiva es casi la mitad del precio. Si el comercio está “en blanco”, no puede competir con los que venden “en negro”.

El esfuerzo fiscal debiera concentrarse en esos sectores, antes que en lo que tributan los monotributistas y autónomos.

Lo que preocupa en el Gobierno es la inflación núcleo ¿Qué es? El IPC núcleo (core inflation, en inglés) que difunde el Indec permite monitorear la evolución de los precios, sin tener en cuenta la volatilidad de aquellos bienes y servicios que tienen un comportamiento estacional o cuyos precios están sujetos a regulación o tienen un alto componente impositivo. Representa el 70% del total de los bienes y servicios relevados. En la inflación núcleo están la mayoría de los alimentos y bebidas, servicios de salud, equipamiento para el hogar, educación, gran parte de la indumentaria, entre otros.

Con tarifas subiendo por encima del IPC nivel general (lo que llamamos inflación), la inflación núcleo permite analizar la tendencia de los precios a mediano plazo, al ser un dato “limpio” de los ajustes de tarifas que, en el caso de Argentina, venían de un prolongado atraso.

Es la inflación que el Gobierno recomendó “ver” cuando las tarifas empezaron a impactar en 2016. Es realmente la esencia de la inflación.

En 2016 y parte de 2017 fue bajando paulatinamente, pero desde julio del año pasado se estabilizó en alrededor de 21 % interanual.

Por eso, el Banco Central empezó a controlar, entre comillas, el tipo de cambio en marzo, para estabilizarlo, además, está afectando la sequía. La sequía pegó fuerte en los precios de los alimentos, por ejemplo, en febrero subió el pollo el 8,5 %, además de los combustibles. También hay que atender lo que se considera una “causa indirecta”, y es el aumento de precios que llevaron adelante las industrias por el incremento en las tarifas. Esto incidió en los precios mayoristas y se trasladó a las góndolas.

En cuanto a su evolución, se revisaron al alza las proyecciones de inflación núcleo mensuales de abril y mayo de 2018, a través del último relevamiento de expectativas de mercado (REM) que elabora el Banco Central sobre la base de los pronósticos macroeconómicos de bancos, consultoras y analistas especializados, tanto locales como extranjeros. 

Esto significa que la inflación núcleo continuará siendo elevada al menos dos meses más por el arrastre de los precios mayoristas y la emisión monetaria que no ha sido reabsorbida. Pero a partir de mayo debería descender si es que el Gobierno mantiene la política que comenzó en marzo de dejar de traer plata de afuera, canjear las Lebac por reservas, mantener el control monetario firme y el tipo de cambio regulado; porque si no, la suba de costos por el impacto de las paritarias se va a trasladar a los precios otra vez.

Con las tarifas contenidas, será clave que se cumpla lo anticipado por el Banco Central respecto de bajar la emisión de pesos para financiar el déficit del Tesoro Nacional. Este año, la emisión caería del 1,5 % del PIB (2017) al 1,1 % (2018), lo que jugaría a favor de bajar el ritmo del proceso inflacionario. 

En el IPC nacional, partiría de una suba mensual del orden del 1,6 % en abril, para bajar a 1,2 % en agosto y mantenerse en ese nivel hasta fin de año. 

Según el REM, la inflación núcleo interanual nacional en diciembre sería del 18,1 %, un punto más de lo que se había pronosticado en la encuesta anterior, del mes de febrero.

Por su parte, los pronósticos de inflación núcleo del REM para fin de 2019 y de 2020 están en 12,6 y 9 %, respectivamente. Esto significa que, con tarifas sin atraso que recuperar y los precios regulados subiendo en paralelo al resto de la economía, el IPC nivel general debería llegar al dígito en poco más de dos años.

El precio de la nafta y su impacto en el IPC (o inflación). Desde marzo, rige una nueva manera de actualizar el precio de las naftas. Hasta febrero, las petroleras tomaban la variación del precio del petróleo y del tipo de cambio, y a ese valor se le aplicaba el Impuesto a las Transferencias de Combustibles (ITC) como un porcentaje del precio en bruto. Además, el IVA, Ingresos Brutos (Actividades Económicas) y la Tasa Hídrica.

Ahora cambió. Se sacó la Tasa Hídrica y se acordó que cada tres meses–en enero, abril, julio y septiembre–se analizarán tres variables: el precio del dólar, el del barril y el componente impositivo. El ITC ya no será un porcentaje del bruto, sino una suma fija (además, se incorporó otro componente fijo por el corte de los biocombustibles).

En el mercado, coinciden en que es una buena medida, porque el componente impositivo puesto como porcentaje ayudaba a distorsionar (y disparar) el precio de venta al público. Más subía la nafta en bruto, más subía el impuesto, impactando en el precio final.

Sin embargo, en la aplicación del “nuevo ITC fijo” hay un pequeño detalle que algunos analistas creen que hay que observar. Es el hecho de que se actualiza por el Índice de Precios al Consumidor (IPC Nacional), variable que se ajusta, entre otras razones, por el incremento de las naftas y del gasoil.

¿Se entiende? Imaginemos un aumento de la nafta. Eso impacta en el cálculo del IPC (o inflación), que a su vez impacta en el componente impositivo de los combustibles (ITC). El incremento del ITC hace aumentar en mayor medida el precio final del litro de nafta, que vuelve a impactar en el IPC; y así, hasta el infinito.

Según la última encuesta de consumo que hizo el Indec en 2014, con la cual se elaboró la canasta de productos y servicios cuyos precios se relevan mes a mes para elaborar el IPC, la nafta súper tiene una ponderación de 0,0236; la nafta premium de 0,0050, y el gasoil, de 0,0064. Es decir: el aumento de la nafta súper tiene una incidencia del 2,36% en el incremento mensual del IPC; el de la nafta premium, del 0,5%, y el del gasoil, del 0,6%.

Ese combo hace subir, primero, el IPC; luego, el componente impositivo de todos los combustibles, que, al aumentar, hace subir más la nafta. Y así sucesivamente.

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