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Pasado y presente del peronismo: la sede de Matheu, testigo de la crisis del PJ – Por: Lucrecia Bullrich

En la puerta principal dos carteles avisan que el edificio está “cerrado por inventario” y un tercero advierte: “No se apoye sobre la pared, si no, no funciona el timbre”. Adentro, las huellas del esplendor pasado conviven con el vacío de los últimos años y con un aire a “desalojo”, el sello de los últimos días. Es viernes a la tarde. El silencio no se explica solo por eso. En el edificio de Matheu 130, tres pisos, una terraza, 40 oficinas, una decena de salas de reunión, un auditorio y un quincho no hay más de 10 personas.

En la planta baja, un busto blanco de Evita, una placa que recuerda el aniversario de su muerte firmada por mujeres que se declaran “firmes junto a Menem” y la Virgen que preside el salón desde una vitrina en la altura, -manto blanco y lila, piedras brillantes y el escudo del PJ, todo bordado con hilo dorado-, conviven con una pila de cajas de cartón apoyadas contra la pared. Hay papeles, carpetas, afiches de campañas pasadas, paquetes de yerba y servilletas. “Son las pertenencias de la gente del PJ bonaerense. El lunes vienen a retirarlas”, dice a LA NACION Daniel Pires, apoderado de Barrionuevo y flamante mandamás de Matheu. Desde el martes está a cargo del “operativo desembarco”: supervisó la confección del inventario y sigue de cerca la auditoría contable. Pero parece ansioso por aclarar: “Luis no va a tocar nada hasta que el fallo no esté firme”.

En la mesa de entradas matan el tiempo dos hombres jóvenes. No hablan entre ellos. Celular en mano, anteojos negros en vincha, aclaran que no son empleados del partido. Trabajan “con Luis”. Detrás del vidrio que tienen a sus espaldas funciona la única oficina activa. Tres administrativos avanzan con la auditoría. De fondo, suena una tele. Ahí no se puede entrar.

Escritorios arrumbados en los salones del edificio de la calle Matheu, como se encontraba el lugar esta semana cuando ingresaron las nuevas autoridades
Escritorios arrumbados en los salones del edificio de la calle Matheu, como se encontraba el lugar esta semana cuando ingresaron las nuevas autoridades 

 

En el segundo piso, el quincho, histórico escenario de reuniones, asados y conferencias, luce pulcro, listo para recibir a unos 60 comensales. La parrilla está cerrada. En la mesa que preside el salón, con las imágenes de Perón, Evita, Néstor y Cristina detrás, espera hasta un micrófono. Hay varias oficinas, cinco asignadas al PJ bonaerense y una cocina en la que un fichero ignífugo de un metro y medio guarda “documentación importante” del partido. Las llaves las tiene Barrionuevo.

Más allá de la intervención dispuesta por María Servini de Cubría esta semana, la quietud, la sensación de desamparo y la actividad a cuentagotas se adueñaron de Matheu hace años, de la mano de la distancia que Néstor Kirchner tomó del PJ a partir de 2005, cuando el partido quedó en manos de su último interventor, Ramón Ruiz.

En números

El PJ nacional tiene hoy siete empleados: dos de la mesa de entradas, dos administrativos, un encargado del edificio, un abogado y un contador. Todos trabajan en Matheu desde hace más de dos décadas. Uno de ellos es Alberto Miragaya, hermano de Eduardo, fiscal muy cercano a Servini de Cubría. Según el último balance, del año pasado, tiene activos por $6.505.422 millones y gastos por $6.081.428 millones. En las próximas semanas recibirá poco más de $4 millones del fondo partidario permanente, que las agrupaciones cobran todos los años. Cada cuatro, cobra fondos de campaña en función de los resultados de la última elección. El edificio de Matheu, el único del partido, tiene una valuación fiscal de 3.429.064 pesos y un terreno en Balvanera, valuado en $63.468. Los afiliados son 3.533.407 y la mayoría, un 53%, son mujeres.

Es viernes a la tarde. Las vallas del operativo policial del martes están arrumbadas sobre la vereda. El pasacalle del PJ de Lanús se mueve con el viento leve del otoño reciente. Un colectivo de la Policía de la Ciudad sigue estacionado frente al edificio. Resabios del último temblor.

Fuente: La Nación

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