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Constanza Ceruti: Arqueóloga de alta montaña – Por: Ricardo Alonso

El jueves 22 de marzo de 2018 se presentó en la Casa de la Cultura de Salta el libro de la doctora Gloria Lisé titulado “Donde el cielo besa la tierra”. Esta obra, de editorial Mundo Gráfico, es la biografía –autorizada- de Constanza Ceruti, la arqueóloga de alta montaña que fuera una de las principales descubridoras y rescatista de las famosas momias del Llullaillaco. De lectura ágil, el texto contiene valiosos testimonios documentales del trabajo realizado por la Dra. Ceruti, la primera mujer arqueóloga de alta montaña y una de las pioneras de una novel ciencia. Es interesante el derrotero de esta joven y muy experimentada científica argentina radicada en Salta. Ceruti tuvo una infancia complicada a causa de una desviación de columna que la obligó a llevar durante años un corrector metálico y también por un proceso asmático que le impedía respirar con normalidad. Tuvo que hacer un esfuerzo mayúsculo para superar ambas dolencias. Sus padres Rodolfo y Elena, médicos, tuvieron un papel crucial en ayudar a su hija y darle calidad de vida. Se graduó de arqueóloga en la Universidad de Buenos Aires con promedio 9,9 y medalla de oro. Hizo sus primeras ascensiones en las sierras de Córdoba. Se enamoró de la montaña. Comenzó una retahíla de ascensos maratónicos en montañas andinas, desde Ecuador hasta la Patagonia, y luego extendió su campo de acción a montañas de América del Norte, Escocia, Irlanda, Noruega, Australia, Tasmania y Tailandia. Holló las altas cumbres de las Rocallosas, las Dolomitas, los Alpes y los Pirineos, así como los volcanes de Hawái y las Canarias. Ascendió montañas en el Himalaya y dos veces el Aconcagua. Más de 100 cumbres con alturas superiores a los 5000 m son parte de su récord. Ahora bien, a pesar de la friolera de montañas y volcanes a los que ascendió, ella misma no se considera una andinista o alpinista. Lo suyo no es deporte, en realidad hace andinismo científico como el que iniciara por estos lares a comienzos del siglo XIX el médico de Güemes y Belgrano, Dr. Joseph Redhead. Humboldt le habría encargado medir la altura de cumbres entonces desconocidas. Para ello utilizó un método barométrico de cálculo por dilatación del aire atmosférico en base a una escala de logaritmos. El andinista deportivo sube con mucho esfuerzo a la cumbre de la montaña, deja un testimonio, se saca una foto y emprende el regreso. Su vida, especialmente en los últimos tramos, está siempre en serio peligro, tanto por los factores naturales y los riesgos geológicos y climáticos (avalanchas, rayos, nevadas, viento blanco, tormentas), como por las condiciones extremas de stress físico a que está sometido el organismo. De allí que las cumbres andinas hayan sido visitadas únicamente por montañistas o bien por los llamados huaqueros, buscadores de tesoros furtivos que saquean y dejan irrecuperables algunos sitios de alto valor para el patrimonio cultural. Un ejemplo es la cumbre glaciada del volcán Quevar (extinguido) donde dinamitaron un santuario de altura destruyendo una momia incaica y llevándose los objetos que la acompañaban para su venta en el mercado negro. Los incas, cuando expandieron su imperio del Tahuantinsuyo o de las cuatro regiones del Sol, realizaron ofrendas y sacrificios a las montañas y sus dioses: los Apus. Las montañas eran como escaleras que llevaban al cielo y cuanto más altas, más cerca se estaba de las divinidades. Especialmente el imperio Inca que fue un pueblo de adoración solar o heliólatra. En 1980 tuve la suerte de hablar con ancianos de Santa Rosa de los Pastos Grandes que recordaban cuando sus abuelos les contaban que cada año subían un día al Quevar a realizar una ofrenda al Sol encendiendo fogatas en la cumbre. Ahora bien, la casualidad hizo que un volcán, el Sabancaya, entrara en erupción en el sur del Perú. Las cenizas cayeron sobre el Nevado de Ampato manchando su cumbre glaciaria que pasó a tener un color gris oscuro hasta negro. Ello produjo un cambio en el albedo, la captación de mayor radiación solar, el derretimiento de los hielos y la liberación de una momia incaica que había permanecido allí por siglos. Johan Reinhard, famoso profesor, andinista y arqueólogo norteamericano, estaba haciendo un ascenso por aquellos días y se encontró con la jovencita inca a la que bautizaron “Juanita”. Reinhard se contactó con Ceruti y la invitó a participar de una misión en el Misti, un volcán activo en frente de la ciudad de Arequipa. En el cráter caliente e inundado de vapores sulfurosos irrespirables, dieron con varios enterratorios de sacrificios humanos para apaciguar la furia del volcán, aunque las momias en sí estaban mal conservadas. Luego vendría el extraordinario hallazgo del volcán Llullaillaco, con los tres cuerpos incas mejor conservados del mundo, en el santuario a mayor altura descubierto hasta ahora en el planeta. A todo esto Ceruti ya trabajaba en su tesis doctoral bajo la dirección del prestigioso Dr. Juan Schobinger (1928-2009), un viejo conocedor de altas cumbres y restos arqueológicos. Los trabajos en la cima del Llullaillaco fueron una epopeya para todos los que participaron, ya que permanecieron un mes entero a más de 5000 m de altura e incluso dos semanas a más de 6000 m con todo lo que ello implica. Sometidos a hipoxia (falta de oxígeno), hipobaria (baja presión atmosférica), nevadas, granizadas, temporales, temperaturas permanentes bajo cero que llegan hasta -40°C, ráfagas de viento superiores a 80 km por hora, congelamiento, heliofanía, radiación ultravioleta, etcétera. O sea lo que se vive en la Puna, pero multiplicado por diez. Todas las tareas en la cumbre volcánica se veían afectadas y al equipo de trabajo de nueve personas se les volvía una odisea poder escribir, tomar notas, medir, excavar, fotografiar y acondicionar a las momias y su ajuar para su posterior traslado a Salta. Con los dedos congelados y el cuerpo extenuado y disminuido físicamente. Con el riesgo permanente de sufrir edemas cerebrales o pulmonares. Las observaciones en el Llullaillaco, junto a las de otros santuarios de altura, le permitieron a Ceruti defender su tesis en la Universidad de Cuyo, obteniendo nuevamente la más alta calificación, lo que fuera una constante en su carrera profesional. Constanza ha escalado y estudiado algunos de los volcanes más altos del mundo que son los ubicados en los Andes Centrales, entre ellos el Pissis y el Llullaillaco, las montañas glaciadas de la Cordillera Real de Bolivia, los volcanes de Ecuador, los cerros Mercedario y Famatina, y sigue la lista. Es mujer pionera en la nueva ciencia de la Arqueología de Alta Montaña y de una subdivisión especial de Arqueología Glaciaria. La doctora Ceruti ha sido galardonada a nivel mundial con distinciones como el “Príncipe de Asturias”, sendas medallas de oro de las Mujeres Geógrafas del Mundo y de las Mujeres Exploradoras del Mundo, libro Guinness de los Récords por el trabajo arqueológico a mayor altura en la historia, doctorado honorario en los Estados Unidos, entre otros merecidos premios nacionales e internacionales. Ceruti ha volcado sus vivencias en una veintena de libros testimoniales, publicados por Eudeba, EUCASA y Mundo Gráfico Editorial, estos últimos sobre montañas sagradas de diferentes lugares del mundo. Ceruti ha logrado atrapar a la montaña, así como la montaña la atrapó a ella. Ambas forman una simbiosis indisoluble, cuyo cemento es su fe en algo superior, lo cual ha plasmado en delicados poemas. Penetró como nadie en la cosmovisión del pueblo incaico, en su religiosidad y en el porqué de sus santuarios de altura. Entre sus mayores méritos se cuenta el haber dotado a Salta de uno de los mayores patrimonios culturales con que cuenta la provincia, como son las momias del Llullaillaco y su valioso ajuar, expuestos en un moderno museo: el MAAM.  

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