INFLACION

“Reduflación”: Intento de disimular la inflación – Por: Valeriano Colque

La inflación es la principal preocupación de los argentinos, de acuerdo a las diferentes encuestas de opinión.

El incremento en los alimentos, en los servicios y la suba en los impuestos y tasas generan malhumor social, más allá de la recuperación macroeconómica, del récord de empleados registrados y de la mejora salarial en promedio por encima del índice de precios en 2017.

El Gobierno nacional avanzó en la eliminación del cepo al dólar, en la rebaja de impuestos al agro y en otros incentivos, pero no encontró la forma de frenar la inflación.

Las empresas vinculadas al consumo intentaron años atrás ofrecer el mismo producto en envases más pequeños, con menor precio, para mantener la fidelidad de los clientes a determinadas marcas.

Ese intento fracasó cuando asomaron las llamadas “segundas marcas”, que–a precios más económicos–ofrecían igual volumen que los productos líderes.

Hoy, la estrategia comercial apunta a ofrecer el mismo paquete, con los colores y las características de la primera marca, pero con menor contenido e igual precio al anterior envase. El fenómeno se conoce como “reduflación”.

Esas acciones son visibles sobre todo en snacks, yogures, galletitas y productos deshidratados, aunque están presentes en una amplia variedad de paquetes, en frascos y en envases expuestos en las góndolas.

En no pocas circunstancias, las ofertas contienen una cantidad menor, que apenas se disimula en las etiquetas del producto. Esa maniobra especulativa puede desorientar al consumidor, quien se inclina por un envase con un valor atractivo, pero que no contiene el mismo peso o la misma cantidad que el producto que tiempo atrás se conseguía al mismo precio.

Si bien no se trata de una publicidad engañosa, las autoridades debieran alertar a los clientes sobre esta práctica que intenta disimular la inflación que se registra en los bienes de mayor demanda. Las distintas áreas oficiales encargadas de vigilar las prácticas comerciales no sobresalen en la tarea de educar al consumidor y en evitar engaños.

Pese a que queda mucho por hacer para desarrollar una sociedad más equilibrada, la tarea del Estado debe concentrarse en facilitar la competencia y en evitar acciones cartelizadas de precios. Los cambios en los envases y la reducción en sus contenidos sólo desfiguran la lealtad de los fabricantes hacia los consumidores.

Cambio de estrategias. El Gobierno impuso un profundo cambio en la orientación económica en vinculación con los objetivos delineados durante la última década por el gobierno kirchnerista.

Para la actual Administración, lo esencial de un desarrollo sustentable se apoya en la inversión privada, que posibilitará ampliar la oferta de bienes y servicios, mejorar la productividad y, desde luego, mejora la capacidad para competir de la economía. Este compendio crearía las bases de un consumo perdurable.

Este es la idea de fondo de la actual política económica, que fue más o menos delineada en algunos discursos presidenciales, y no bien fundamentada ante la sociedad por sus principales funcionarios.

Este plan económico requiere tiempo en su aplicación, por lo que es necesario que la mayoría de los argentinos se sientan identificados y le brinden su apoyo.

El proyecto incluye un cambio sustancial en cuanto al consumo privado, que retrocedió en 2016 y se recuperó apenas 1 % en 2017. Para 2018, se espera un comportamiento similar.

El consumo de las familias está en los niveles de 2015, y en algunos casos retrocedió por la suba de tarifas para regularizar la oferta energética y la eliminación de los subsidios al transporte y a otros servicios. El alza del costo de vida, en tanto, también puede incidir en los rubros más vinculados al consumo. Las paritarias que comienzan a negociarse y la incidencia de los cambios en el Impuesto a las Ganancias serán vitales para determinar cuál será el nivel de recuperación del poder adquisitivo del salario.

Estas variables suponen un cambio de fondo en la orientación económica que, por no haber sido bien explicada, genera protestas y fuertes rechazos.

Cambio de tendencia. Después de un 2016 de “caída con rebalanceo de las señales económicas”, 2017 mostró varios puntos positivos. El año pasado aumentaron las fortalezas, las oportunidades se redujeron en cantidad (el máximo fue en 2016) y se mitigaron “levemente” las amenazas, aunque siguen las debilidades.

¿Por qué crecerá la economía si la política económica presenta significativas dudas estructurales? Proyecciones, tanto del sector público, de ámbitos académicos como también de consultoras privadas, arrancaron con una previsión de expansión del 3 al 3,5 % del producto interno bruto (PIB), pero ahora, sequía mediante con efectos importantes sobre el agro, se espera un alza de 2 a 2,5 %.

El crecimiento no será homogéneo y puede, en algún momento, quedar afectado por factores estructurales a los cuales el Gobierno nacional trata de encontrarles la vuelta, parte de los cuales recalibró con la nueva meta inflacionaria que dio a conocer a fines del año pasado.

La balanza comercial arrancó 2018 con una muy mala noticia: enero cerró con un déficit de 986 millones de dólares, y ese rojo podría superar los 10.000 millones en el año. La recuperación de Brasil, como cliente de los productos argentinos, será decisiva para procurar torcer ese déficit.

A todo esto, le sumamos el aumento del crédito hipotecario (120.000 es la cantidad proyectada de créditos hipotecarios nuevos por año. En 2017, el volumen se duplicó respecto al PIB (1,3 %)) y el bajo riesgo país son tres de los aspectos que jugaron a favor.

Además, tras el atraso cambiario de 2017, el dólar se sitúa dentro de un margen de competitividad. Luego de la suba de estos meses, se volvió a los niveles posteriores a la salida del cepo cambiario de 2015. La presión tributaria en 2017, se redujo 30,4 % en porcentaje del PIB. El déficit fiscal se estabilizó, pero se modificó la composición.

El gradualismo permitió encarar el reacomodamiento sin pérdida de empleo productivos. Entre 2011 y 2017, los puestos de baja o nula productividad descendieron 7,2 puntos porcentuales (hoy son el 39,4 %) que fueron, en menor medida (1,9 puntos) al sector formal y engrosaron más los segmentos de media/baja productividad (empleados públicos) y de media/alta (cuentapropistas). En 2017, aumentaron los ocupados formales 300.000 (de 11,9 millones a 12,2 millones), con impacto en sectores de alta y media/alta productividad.

Si la tendencia se mantiene, 2018 podría ser el año de quiebre que retrotraiga la situación siete años atrás y consolide un nuevo período de crecimiento sostenido.

Si se consolida un alza sostenida por los próximos años, será una situación inédita. Desde hace 80 años que Argentina no tenía dos períodos seguidos de crecimiento, sin una caída abrupta en el medio. Entre 2011 y 2015, hubo estancamiento, luego de siete años de crecimiento y de inflación moderada (2004-2010), aunque con suba de la presión fiscal y deterioro de las cuentas públicas.

Pero para que se produzca el quiebre de tendencia, se deberían dar tres condiciones. Primero, que el crédito se redireccione hacia el sector productivo; segundo, que la inflación siga bajando; y tercero, apuntalar la inversión. En este contexto, es clave recuperar la inversión privada, en especial la extranjera, que incluye el uso de modernos bienes de capital para mejorar la productividad.

Sobre este último punto, cuánto debería ser el monto que se necesita para que Argentina se acerque a los países que lograron el desarrollo.

En 2016, se invirtió el 16,4 % del producto interno bruto (PIB), equivalente a 88.000 millones de dólares. En 2017, subió al 20,5 %, con 118.000 millones. Para igualar el stock de capital que teníamos en los ’90, necesitamos 30.000 millones de dólares adicionales por los próximos ocho años.

Pero si Argentina quiere lograr un desarrollo sostenible, necesita inversiones por 24 o 25 % del PIB hasta 2024. Son 60.000 millones más por año o 480.000 millones en todo el período.

Los anuncios de inversión entre junio de 2016 y diciembre 2017, suman 160.000 millones de dólares. Por lo tanto, la brecha para el desarrollo requiere de 320.000 millones de dólares más que los ya anunciados, es decir, triplicar el monto de los anuncios para los próximos ocho años.

 

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