Agua

¿Qué culpa tiene el agua? – Por: Ricardo Alonso

¡Lo que darían en la Luna o en Marte por una gota de agua! Y nosotros lo poco que la valoramos y vivimos en el “Planeta Agua”, mal llamado Tierra. Justamente aquella otra “tierra”, lunar o marciana, es una pura corteza de silicatos reseca, con un suelo regolítico, donde el agua brilla por su ausencia. Más allá de algunas pobres evidencias de hielo en el polo lunar o en el permafrost marciano.

Nuestro planeta, por su especial distancia al Sol, mantiene el agua en sus tres estados: sólido, líquido y gaseoso. Ello da pie a las tres envolturas acuosas que envuelven el planeta y que son la criósfera (hielos), la hidrósfera (agua líquida) y la atmósfera (vapor de agua). La criósfera son los gigantescos casquetes ártico y antártico, los hielos continentales, los glaciares, los hielos periglaciales, los grandes permafrost como el de Siberia; en fin agua que congela por debajo de la isoterma de cero grados. La hidrósfera es la más importante en volumen, ya que incluye a los océanos y a todos los ríos, lagos y pantanos de los continentes. Finalmente la atmósfera contiene un porcentaje determinado de vapor de agua ya que si éste aumentara, como pasó en algunos periodos geológicos, se volvería irrespirable. La biósfera y en parte la litósfera son también envolturas de agua.

El agua conforma uno de los ciclos de la naturaleza y este ciclo se viene repitiendo desde el lejano Precámbrico, miles de millones de años atrás. Consiste en la evaporación de las aguas de los océanos, ríos, lagos y pantanos, sumado a la evapotranspiración de plantas y animales, que van a formar nubes, las cuales se condensan para dar lugar a las lluvias, que finalmente van a alimentar los cuerpos de agua desde donde se originaron. La presencia en los más remotos sedimentos formados desde el Proterozoico temprano y que muestran marcas fósiles de gotas de lluvia, habla a las claras de este antiquísimo ciclo de evaporación, condensación y precipitación.

Nuestra región tiene una característica muy especial. La Cordillera de los Andes, en su sector central, muestra una cara excesivamente húmeda en su lado oriental y una cara extremadamente seca en su lado occidental. En el lado oriental se reciben intensas precipitaciones que generan ambientes selváticos con una exuberante vegetación tropical, nuboselva, los Yungas, una rica biodiversidad, nacimiento de ríos caudalosos de las cuencas del Amazonas y del Plata, en uno de los ambientes lluviosos extremos del planeta. La cara occidental, sobre el borde del Océano Pacífico, es uno de los ambientes de aridez más extremo de la Tierra, con desiertos resecos, salares, dunas, arenales y la presencia de sales exóticas como los nitratos, cromatos y yodatos que denuncian la híper aridez “marciana” del gran desierto de Atacama.

O sea que si viajáramos virtualmente desde el este hacia el oeste, esto es desde el Gran Chaco o Llanura Amazónica hacia la costa peruano-chilena, encontraríamos que las fuertes descargas pluviales se producen en los contrafuertes de los Andes y que van menguando a medida que ganamos altura y cruzamos las montañas hasta llegar a la Puna Argentina o el Altiplano de Bolivia. En esta misma región las diferencias en los regímenes de precipitaciones son notables, ya que al noreste tenemos un lago como el Titicaca y al suroeste un salar como el de Arizaro. Las precipitaciones al llegar a la alta cordillera volcánica son mayormente nivales y luego de sortear ese escollo de más de 6 km de altura sobre el nivel del mar se baja a la gran región de Atacama con sus características de aridez extrema antes comentada. Lo cierto es que, mientras a la cara oriental le sobra agua, a la cara occidental le falta casi completamente.

Ahora bien, nosotros vivimos en la cara oriental y esto tiene consecuencias positivas y negativas. Las positivas es que sobra agua. Todos los años caen diferencialmente entre 300 y 2500 mm en los ambientes de Cordillera Oriental, Sierras Subandinas y Llanura chaqueña. Parte del agua se escurre por los ríos de las cuencas del Pilcomayo, Bermejo y Juramento. El resto se evapora o evapotranspira, o bien se infiltra para alimentar los acuíferos que son los reservorios del agua subterránea. Luego se la recupera por bombeo para abastecer a las ciudades, cultivos, industrias y demás necesidades humanas.

O sea que el agua está. Lo que no está son las políticas activas que generen las obras necesarias para canalizarla y distribuirla. Los sistemas de distribución de agua son viejos y están colapsados. La desinversión ha llevado a que muchos pueblos carezcan de agua potable o tengan aguas con altos contenidos salinos y arsénico. Los políticos aprendieron mal la lección sobre aquello que se decía de que las obras que están enterradas no se ven. Entonces había que gastar en hermosear lugares en lugar de solucionar los problemas críticos y básicos de una urbe. El cólera fue un flagelo que golpeó tremendamente a Salta a finales del siglo XIX. Por aquello de que no hay mal que por bien no venga, ese sacrificio de muchos de nuestros comprovincianos, llevó a un plan de saneamiento con una red de cloacas y de agua potable que dio calidad de vida a la ciudad.

Desde entonces los siglos pasan y las obras no aparecen. Más aún cuando se generan endeudamientos, que van a afectar a varias generaciones, y esas enormes cifras de dinero se destinan a gastos corrientes en lugar de convertirlos en perforaciones, canalizaciones, acueductos, presas, redes subterráneas, plantas potabilizadoras, plantas para el tratamiento de efluentes y un sinfín de asuntos relacionados. Partiendo de la premisa de que el agua es vida. Pero el agua también es muerte, desastre y desolación. Las lluvias intensas que se dan en el verano, pueden generar desde movimientos de remoción en masa en zonas de montaña, hasta inundaciones en las áreas de llanura.

Esto se sabe que va a ocurrir, que son fenómenos recurrentes, aperiódicos, cuya intensidad varía con los años Niño, Niña o incluso normales. Pero también en décadas, siglos o milenios. La naturaleza hace su trabajo y por los registros geológicos podemos monitorear lo que pasó en los últimos millones de años. No se le puede echar la culpa a la naturaleza de los desatinos humanos y políticos. Ante la imposibilidad de predecir está la necesidad de prevenir. La ausencia de obras hidráulicas empeoran los efectos de las inundaciones. Se trata a veces de simples defensas. No se puede culpar al río de sus desbordes.

Hay decenas de miles de páginas publicadas e inéditas sobre la dinámica de los ríos, especialmente de los tres grandes colectores de la cuenca del Plata. Piénsese en aquella obra maestra que publicara en 1935 el geólogo Augusto Tapia sobre el Pilcomayo y que a pesar del tiempo transcurrido sigue siendo una referencia ineludible y certera sobre la problemática de ese gran río. O los grandes estudios realizados sobre el Bermejo, tanto en Argentina como Bolivia, a través de la COREBE y otros organismos. O el Juramento, antes y después de la presa de Cabra Corral.

Lo mismo ocurre con los estudios sobre la dinámica del clima, especialmente las precipitaciones en América del Sur. En las últimas décadas se han publicado varios miles de artículos por estudiosos sudamericanos y extranjeros sobre cambios en los regímenes de lluvias, actividad monzónica, circulación de los vientos húmedos, periodicidad, sincronización, interferencia de la cadena andina, eventos extremos, estadísticas, monitoreo satelital, etcétera. Un buen resumen corresponde a los investigadores de Potsdam, Fabiana Castino, Bodo Bookhagen, Manfred R. Strecker en su trabajo de 2016 publicado en Climate Dynamics (Springer) titulado: Rainfall variability and trends of the past six decades (1950–2014) in the subtropical NW Argentine Andes.

Y como dice el hombre de campo: Nunca llueve a gusto de todos.

pie-Dr-Ricardo-Alonso (1)

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