Ahorro fiscal y emisión monetaria otra vez bajo la lupa – Por: Valeriano Colque

Por más que sondee de manera perseverante, al equipo económico nacional le está resultando complicado ofrendar buenas noticias y transmitir entusiasmo al ala política del equipo de gestión.

Se cumple, en cierta forma, lo que Adam Smith escribió hace casi 260 años sobre la ansiedad y la miopía a las que nos conducen nuestras pasiones. El expresidente Carlos Menem solía resolver esa dicotomía con una frase: “Estamos mal, pero vamos bien”. Pero, para la canasta de la mayoría de los hogares, lo discursivo no cuenta demasiado. Y menos aún para las familias más pobres.

El premio Nobel de Economía 2017 Richard Thaler habla de “factores supuestamente irrelevantes” que la macroeconomía clásica desdeña, y que incluso solían perturbar a Paul Samuelson, el creador de la alianza más fecunda entre la matemática y el análisis económico.

Esos factores están jugando un papel demasiado importante en las expectativas. El índice de confianza que desarrolló y mide la Universidad Torcuato Di Tella (para consumo y para la imagen del Gobierno) muestra un pequeño deterioro en el arranque de 2018.  Pero, al mismo tiempo, la recaudación de impuestos asociados al mercado interno tuvo un crecimiento real de casi 8 % interanual en enero, con una clara incidencia del IVA.

En la simultaneidad de esos fenómenos, que parecen reflejar dos países distintos, anidan esos “factores supuestamente irrelevantes”.

De eso se habló en el complejo presidencial de Chapadmalal, en el “retiro espiritual” del presidente Mauricio Macri y sus ministros.

En la antesala de ese encuentro, varios hombres del equipo macrista no lograron reprimir cierto nerviosismo por la fase de volatilidad que exhiben los primeros meses de 2018, con recalentamiento inflacionario y dólar en alza. Sin embargo, por ahora no afloran cambios importantes en el camino proyectado por el Gobierno, más allá dela rectificación de las metas inflacionarias. Es más, la decisión política de corregir el atraso tarifario sigue su curso y el Banco Central se mantiene firme, pese a la suba del dólar.

Hay dos puntos de lectura: por un lado, los técnicos de la entidad creen que la situación tenderá a estabilizarse; por el otro, si el chaparrón se transforma en tormenta, aluden que el Banco Central, vía reservas, está en óptimas condiciones para capear el temporal.

Igual, lo cotidiano cuenta. La suba del dólar impacta en casi todos los precios de la economía. Las empresas que exportan y las que alimentan a las economías regionales respiran algo más aliviadas por un tipo de cambio que acomoda algunas piezas en la competitividad.

Pero hay más: el cuadro de volatilidad incluye la creciente pelea con el sindicalista Hugo Moyano y el no menos importante frente externo, donde los mercados se quieren anticipar a una suba mayor que la esperada en las tasas de interés de la Reserva Federal.

Los bonos locales de largo plazo lo están sufriendo y es más que probable que, con metas inflacionarias ya relajadas, el Gobierno intente calmar primero a quienes financian el déficit de sus cuentas, aunque en este punto lo discursivo pierde peso. El ahorro fiscal y el nivel de emisión monetaria vuelven a quedar bajo la lupa.

Oportunidad para desarrollar un mayor comercio global. La economía argentina enfrenta problemas internos y el desafío de un contexto externo que también implica riesgos.

El período febrero-abril de cada año genera un “ruido político” que se traslada a la economía, pues están en discusión los principales convenios colectivos de trabajo.

La existencia de una economía con “precios nuevos”–fruto del alza de los costos a partir de la carga impositiva, del aumento de los combustibles y de las tarifas–con “salarios viejos” hasta la actualización paritaria genera ese malestar colectivo. A ese ruido se añaden las dudas sobre si el Gobierno nacional podrá reducir en forma significativa el déficit fiscal y, por ende, desalentar la suba de precios.

La Argentina necesita en 2018 unos 26.000 millones de dólares para saldar el rojo de las cuentas de la administración pública y de las empresas del Estado, y unos 10.000 millones adicionales para atender el déficit de cuenta corriente.

Dos años atrás, el escenario resultaba propicio para la toma de deuda, pues había una oferta excesiva de dinero en los mercados. A mediados de diciembre pasado, ese panorama comenzó a mostrar un cambio de tendencia, ya que Estados Unidos se vio obligado a subir la tasa de largo plazo de los bonos del Tesoro, ante las presiones inflacionarias de su economía. Nuestra economía es muy sensible a los cambios de humor del escenario financiero internacional.

Por diversas medidas, la economía de Estados Unidos podría alcanzar este año la tasa de crecimiento histórica, en torno de 2,5 %, con un desempleo reducido a sólo 3,9 %. Para los responsables de la política monetaria, esos indicadores inducen a una suba de la tasa de los bonos del Gobierno para desalentar las expectativas de un mayor consumo, que podría conducir a un aumento de los precios. El crecimiento de Estados Unidos alentará a la economía global, pero–desde el punto de vista financiero–el mundo comienza a cambiar y puede presentar dificultades concretas para la Argentina en 2018.

La oportunidad de un mayor comercio global debería alentar la discusión de técnicos y dirigentes para mejorar la competitividad de la producción nacional. Al mismo tiempo, el Gobierno debiera dar señales de que avanza en la ejecución del gasto de un modo responsable. Ambos elementos contribuirían a mostrar un sendero de crecimiento sustentable, lo que disiparía la incertidumbre que caracteriza a la actual coyuntura.

Más allá de las apetencias personales de la dirigencia, ese es el camino que anhela la mayoría de la sociedad.          

           pie-Dr-Valeriano-colque                                            

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