Reclamos femeninos, una discusión bienvenida – Por: Jorge Lanata

El llamado “feminismo de género” llega acompañado de todo tipo de posiciones.

“La gran pregunta que nunca ha sido contestada y a la cual todavía no he podido responder, a pesar de mis treinta años de investigación del alma femenina es: ¿Qué quiere una mujer?”

Sigmund Freud

Lo que quiere una mujer,en estos tiempos, parece bastante claro: igualdad de derechos. La discusión alrededor de la despenalización del aborto destapó en la sociedad una polémica mucho más global, que se manifiesta en el mundo. En el caso local hay que darle la bienvenida: algo nos saca del mediocre debate político de la Argentina, el declaracionismo, política de pasillo y los temas que se repiten como una mosca pegando contra una campana de cristal. Finalmente tenemos, en la Argentina, algo parecido a una discusión de ideas en la que nada se da por cierto de por sí. La demostración en la política fue clara: la presentación de un proyecto multipartidario (firmada también por todos los diputados kirchneristas que, en los últimos años, parecen haber vivido fuera del país o haber sido víctimas de la timidez legislativa). La presentación de otro proyecto por parte de un grupo de Cambiemos , por distinto que este sea, implica no haber entendido la importancia política de un proyecto común.

En la discusión pública, el llamado feminismo de género se presenta acompañado de todo tipo de posiciones. Al presumirse horizontal carece de liderazgos claros y consignas centralizadas y, muchas veces, termina cooptado por grupos minoritarios con posiciones ultras. Gran parte de la sociedad creyó en estos días que el feminismo está en contra de los hombres,que son sus enemigos. ¿Es realmente así?. El razonamiento de que sólo las mujeres pueden hablar de sí mismas o de sus problemas es francamente absurdo: con ese criterio ningun conocimiento sería posible. “Como no tengo sida no puedo manifestarme a favor de las campañas de prevención. Como no soy romano no puedo estudiar historia antigua”.

La reacción de algunos grupos de mujeres frente al punto ha sidotan autoritaria como la conducta histórica de los hombres:“pueden venir a la marcha, pero marchan atrás” o “mejor hagan tal o cual cosa”. La propuesta de igualdad salarial, después de todo, ha sido del gobierno de un hombre, aunque venimos del de una mujer que nunca la contempló. Lo mismo sucede con el debate por la despenalización del aborto. Creo que lo mejor para todos sería una sociedad de hombres y mujeres justos, sin distinciones. Me permitirán citar algo que leí el jueves en la radio pero escribí hace mas de veinte años:

”Creo en la igualdad entre los sexos porque creo en la igualdad, no en los sexos. En los sexos no se cree, los sexos son. Pero la igualdad se construye, y se pelea por ella”. “La pregunta de si los hombres y las mujeres son iguales –escribe Dick Swaab en “Somos nuestro cerebro”- pertenece al ámbito político o moral.En cambio, la de si son idénticos pertenece al ámbito científico”. Cito a Swaab –como podría hacer lo mismo con Camille Paglia o tantos otros- porque muchos de los tópicos de esta discusión han dejado completamente de lado a la biología. Y sin hacer ninguna apología del conductismo (Lombroso me libre) adjudicamos todo a los efectos de la cultura sin tomar en cuenta de que la cultura sucede en un cuerpo, en dos cuerpos distintos.

Hace unos años una legisladora pintoresca propuso que los juguetes dejaran de ser rosas o celestes.En 2002 Melisa Himer llevó a cabo un experimento: puso al alcance de individuos de ambos sexos y semanas de edad juguetes de marcado corte sexista: un camión y una pelota, una muñeca y una sartén. El resultado fue que los de sexo masculino mostraron una clara predilección por el coche y la pelota y los del femenino por la muñeca y la sartén, y un tercer grupo de juguetes neutros apenas tuvo éxito.

¿Estoy diciendo que entonces los hombres deben ser camioneros y las mujeres ir a la cocina? No. Estoy diciendo que los intereses, más allá de la cultura, pueden ser distintos. Quizás eso explique que las mujeres eligen determinadas carreras orientadas a las personas y no a las ciencias duras. Diferentes no debe querer decir desiguales. Las leyes no deben hacer diferencia alguna, ambos somos individuos de la especie humana. Al hablar de las diferencias salariales la discusión parece tan fuera de época como la de si los negros debieran tener derecho al voto. No hay acuerdo estadístico sobre la brecha –para algunos en Argentina es del 12% , para otros llega al 30%- pero en cualquier caso es insostenible. A igual trabajo igual salario es algo que ni vale la pena discutir. Lo mismo sucede con la violencia doméstica, el aborto o la segregación de cualquier tipo.

Pero como todo vendaval, la tercera ola del feminismo alienta también algunas iniciativas realmente extrañas: hemos llegado a “inventar” palabras que no pueden leerse. ¿0 cómo leerían ustedes compañerxs o compañer@s? “¿Se imaginan ustedes los diccionarios llenos de formas con símbolos que no permiten su dicción?”-se pregunta Juan Pedro Gabino, un filólogo español. Eso, más allá de la discusión de vergüenza ajena cuando pudo escucharse al dictador Maduro decir “millones y millonas” o a la ministro de Educación de Santa Cruz dirigiéndose a los “jóvenes y jóvenas.” “El que inventó la historia de Adan y Eva es muy machista” dijo la directora del Instituto Universitario de Estudios de las Mujeres de Granada. “¿Es o no sexista utilizar el adjetivo “juntos”masculino plural, en la oración “Juan y Maria viven juntos?”, se preguntó la Real Academia Española en un ensayo sobre el tema. Como este adjetivo no visibiliza el femenino, es de suponer que esa frase es sexista. ¿Qué hacer si el predicado fuera “están contentos” o “viven solos”?. A un hombre se le escapa la frase “Ayer estuvimos comiendo en casa de mis padres”. ¿Estaré siendo sexista? ¿Debe decir de mi padre y madre?. Por algo aún me niego a llamar “ex presidenta” a Cristina Kirchner. Si ella fuera eso, yo sería “periodisto”.

La polémica en la Argentina oscila entre la tragedia de miles de mujeres y las discusiones serias y un show -off en la televisión o el resto de los medios donde cualquier mujer, por el solo hecho de serlo, se siente capacitada para “panelear” sobre el asunto. El cupo del ridículo, en este caso, ya está bien cubierto por Malena Pichot. Seria bueno que a la discusión se sumaran mujeres inteligentes, sin prejuicios, para que junto a los hombres podamos dar vuelta las cosas.

Fuente: Clarín

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