En Argentina bajar la inflación es más lento que en otros lados – Por: Valeriano Colque

El Banco Central ha tomado la decisión política de no continuar bajando las tasas de interés hasta que pase la tormenta de la suba de tarifas digitada por el Gobierno, estrategia casi inevitable para defender la política antiinflacionaria de Cambiemos.

El Comité de Política Monetaria de la entidad decidió “por cautela” mantener la tasa en 27,25 %, nivel en el que la fijó a fines de enero después de recortar 1,5 % desde que arrancó el año. Ese recorte había sido efectuado en medio de una fuerte presión política del “círculo rojo” del Gobierno, para bajar el interés de referencia.

Mientras buscan abaratar el dinero para que la economía remonte, con un consumo que en términos reales continúa sin despegar definitivamente desde 2015, el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, intenta domar la inflación.

Pero el escenario cambió desde entonces: el peso se depreció 3,5 % frente al dólar, la inflación se recalentó y el escenario global se tornó más volátil. Por contrapartida, en el Gobierno redoblaron la presión hacia los gremios para que las paritarias no pierdan el horizonte del 15 % y en lo posible sin “cláusula gatillo”, mecanismo que los jefes sindicales no quieren perder para defender el salario.

La administración de la alianza Cambiemos ha logrado dividir al movimiento obrero y de esta manera generó un escenario favorable para su consigna de que los aumentos salariales de este año no superen el 15 % de incremento, para desalentar la inflación.

Otro hecho suma tensión desde afuera es que la Reserva Federal de Estados Unidos retocaría al alza la tasa de interés norteamericana tres veces este año. Eso llevará a una mayor concentración de capitales en ese país y a un encarecimiento del endeudamiento para la Argentina y sus empresarios.

Tal vez, sea necesario mantener la tasa en 27,25 % hasta que se calmen las tensiones. Aportar estabilidad en momentos de incertidumbre. En este nuevo equilibrio, habría margen para que la inversión, que fue la variable más dinámica de 2017, consolide su tendencia positiva: en el cuarto trimestre, las importaciones de bienes de capital subieron 45 % interanual. 

Un endurecimiento de la política monetaria dejaría entrever demasiadas marchas y contramarchas, pero en especial tensionaría aún más la relación de Sturzenegger con el ministro coordinador del área económica, Mario Quintana.

Ahora, el Banco Central ratificó que conducirá su política para alcanzar su meta de inflación de 15 % en 2018. Por ello no es desatinado pensar que la tasa de referencia vuelva a subir en febrero. Es que, según el promedio de los 500 analistas que el Banco Central consulta en el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM), la inflación esperada para 2018 aumentó de 17,4 % a 19,4 % para el nivel general y de 14,9 a 16,9 % para el componente núcleo.

La receta del Gobierno para atacar la inflación no funcionó. La tendencia de desinflación tiene altibajos, lo que da cuenta de fallas en la calibración del ataque.

Mauricio Macri al hablar del problema de la inflación en la Argentina, durante la campaña, dijo: “es lo más fácil de resolver, al final del segundo año, estamos en un dígito”. El tiempo pasó y los hechos terminaron demostrando que eso no fue posible. Y hay algo más: prácticamente es muy difícil que pueda lograrse, incluso hacia el final de los cuatro años del mandato del Presidente.

El aumento de precios de 2017 (ocho puntos arriba de las metas oficiales), el dato conocido de enero (1,8 %) y el análisis de la mayoría de los especialistas–y hasta del propio equipo económico a partir del cambio de metas–convergen en un plazo superior que, como mínimo, se extendería hasta fines de 2020.

Algo de esto ya advertía un informe sobre la Argentina, publicado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en noviembre de 2016. Allí consignaba que a la gran mayoría de los países se les hace casi imposible bajar de una inflación moderada (de entre el 10 y el 40 %) a menos de un dígito en poco tiempo. De hecho, 21 de los 34 países analizados por el organismo internacional necesitaron siete o más años para lograrlo.

La meta de “dos años” de la que habló Macri era incumplible desde un principio sobre la base de un tipo de cambio flexible (y no fijo, como la Convertibilidad que impusieron Menem-Cavallo en abril de 1991) y con las particularidades macro que tenía (y sigue teniendo) la economía.                       

Todo indicaría que, de no mediar una catástrofe financiera a nivel mundial, en el mejor de los casos, Cambiemos podría hablar de “un dígito de inflación” al promediar un hipotético segundo mandato. La Argentina tiene ciertas características que hacen que el proceso de desinflación sea más lento que en otros lados.

Además del problema de las tarifas–que venían congeladas–y de la inercia inflacionaria que es común en el país (un proceso de fijación de precios y de salarios que mira mucho hacia atrás y replica inflación hacia adelante), tenemos un problema estructural: Argentina todavía es una economía bastante cerrada y los precios, por lo general, son inflexibles a la baja. Esa combinación hace que el traslado hacia los precios de la suba del dólar y de las tarifas afecte demasiado, haciendo lento el proceso de desinflación.

Mirar la inflación general es engañoso. La clave está en la inflación núcleo–que excluye tanto las tarifas como los bienes y servicios estacionales–y en analizar la velocidad a la que esta avanza. Allí habría, si se dan una serie de factores, algo de esperanza de llegar a fines de 2020 al dígito.

Mirando la segunda mitad de 2017, la inflación núcleo estuvo entre el 1,4 y el 1,5 % mensual. De mantenerse hasta fin de año, daría en diciembre una inflación de entre el 19 y el 20 %. En efecto, el Relevamiento de Expectativas de Mercado publicado por el Banco Central apunta ese dato: 19,4 % para diciembre de 2018.

El mismo mercado piensa que para fin de este año la inflación núcleo mensual estará en 1,2 %, que en los términos anualizados equivale al 15 %. Es decir, la velocidad a la que se espera que viaje la inflación núcleo a fin del 2018 sería del 15 %, frente al 19 % que tenemos hoy y, replicando este análisis para el año siguiente, si se tuviera una inflación núcleo promedio mensual de 0,9 % en 2019, se terminaría ese año, más o menos, en un 12 %, a un paso del dígito, al que se podría llegar en 2020, si ese 0,9 % mensual del 2019 retrocede a 0,7 % al año siguiente.

Creemos que hay un ‘pecado original’ en los objetivos de inflación y su difícil cumplimiento. No se comunicó la metodología que había llevado a la determinación de unas metas tan exigentes como las planteadas inicialmente. Esto le quitó al mercado la posibilidad de monitorear la política monetaria de manera integral y sólo se pudo verificar su cumplimiento o no. Esto es importante, ya que, en caso de no cumplirse los objetivos fijados, se pueden encontrar los motivos en cuestiones ajenas al Banco Central, evitando una pérdida de credibilidad, que es lo que hace luego trastabillar la iniciativa, como está ocurriendo ahora.

Tampoco hay que dejar de lado el problema del déficit fiscal (cuando los gastos del Estado superan a los ingresos) como factor que termina derivando en más inflación y en la imposibilidad de contenerla en el corto plazo.

En ese sentido, se incluye a la política como parte de las variables que se deben tener en cuenta para hablar de macroeconomía. Los acuerdos que ha necesitado el Gobierno con las provincias para ganar gobernabilidad con un Congreso adverso y las transferencias de recursos resultantes se traducen en presión sobre el déficit fiscal, que ha diluido el posible ahorro generado por la disminución de los subsidios a las tarifas. Esta presión suma endeudamiento, lo que agrava el atraso cambiario y fogonea lentamente una depreciación futura de la moneda para recuperar el equilibrio externo, con las correspondientes presiones inflacionarias asociadas.

Estrategias. Una de los grandes y tradicionales dilemas de la política económica es qué método utilizar para luchar contra la inflación. Aunque hay matices, el archivo se divide en dos grandes corrientes: gradualismo y shock.

La primera, que fue por la que optó el Gobierno nacional, implica bajar la inflación de manera progresiva durante varios años, con costos que se dividen o se escalonan en el tiempo.

La segunda es más lacerante, porque esos costos se pagan de golpe y al principio. Es la vía a la que frecuentemente se recurre cuando la suba de precios roza o ya está en el territorio de la hiperinflación.

Desde luego, esto último no es el caso de la Argentina, aun cuando el proceso que vive la economía nacional sea crónico y en niveles que superan el 20 % desde hace muchos años. En inflaciones crónicas altas, tanto los costos de bajarla como el tiempo que llevaría lograrlo superan lo que es soportable para la sociedad.

Que la inflación vuelva a remontar entre las principales preocupaciones de los argentinos es una señal del delicado contorno que tiene la paciencia social, incluso cuando los estados de ánimos sean cambiantes.

Una vez más, este año parece que se encamina a mostrar su mejor perfomance en el segundo semestre. Ya es marca registrada del macrismo.

La contracara es la estacionalidad de malestar que cargan los primeros meses del año. El Gobierno no ignora la consecuencia y, pese a ello, mantuvo la decisión de ajustar las tarifas de los servicios públicos en los meses en los que los salarios siempre quedan rezagados frente a la inflación, pese a que el indicador oficial arroje que, en promedio, el poder adquisitivo aumentó en el tramo final de 2017.

Es como si el gradualismo atravesara por una fase de electroshock, en la que se pegan los golpes más fuertes para corregir las distorsiones, con bolsillos más aliviados en los próximos meses. Pero los resultados no son tan claros por una razón de peso: la famosa inflación núcleo. Si bien el Gobierno alienta ahora el modelo de revisión, no será tan fácil esquivarle a la “cláusula gatillo” con la que se calmaron ánimos el año pasado.

Otro dato preocupante que dejaron los indicadores oficiales de enero fue el de los precios mayoristas, que crecieron 4,6 % en el primer mes del año, impulsados por el dólar y por la suba del petróleo.

En definitiva, un mar de fondo demasiado revuelto para anclar expectativas algo más alineadas al 15 % que recalculó el Banco Central y que, en el turbulento arranque de 2018, asoma muy remoto.

No creemos que haya que desesperarse en llegar al dígito de inflación y es hasta “deseable” que no se apure tanto el intento de bajarla bruscamente. Reaccionar con la tasa de interés para lograr desinflación, dado que hay un gradualismo fiscal que lo demanda, puede hacer atrasar de más el dólar y generar un problema de déficit comercial (más importaciones que exportaciones). Me parece que Argentina debería ir hacia un proceso en el que la inflación baje en torno a los cuatro puntos por año, pero de forma sostenida.

pie-Dr-Valeriano-colque

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