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Las rocas y su “alma” pétrea – Por: Ricardo Alonso

Hilda Regina Strazzolini (1944-2017) fue una geóloga salteña apasionada por las rocas y los minerales. Creía en ese algo, en ese espíritu de las rocas y, mantenía con ellas algún tipo de diálogo invisible. En 2007 se la homenajeó en la Secretaría de Minería de Salta con una vitrina que llevaba su nombre. Strazzolini razonaba como el poeta que le cantó a las sierras cordobesas. Efectivamente Atahualpa Yupanqui pensó metafóricamente el alma de las rocas en su afamado poema de “Las Piedras”. Más allá de que las rocas pertenezcan al reino inerte, no viviente, a diferencia de las plantas y de los animales, tienen una energía que les es propia de acuerdo a su distinta composición mineralógica. Yupanqui lo expresa así: “Algún “algo” han de tener/ Aunque parezcan calladas…/ Algo se dicen las piedras/ A mí no me engaña el alma/ Temblor, sombra o qué sé yo/ Igual que si conversaran”.

Los viejos labradores de canteras buscaban también el alma de la roca. Mejor dicho lo que ellos llamaban el “alma” de las rocas y que estaba relacionado con la roca sana, o sea con los núcleos de rocas que no habían sido afectados por la descomposición y el intemperismo. En la vieja cantera que existía en el cerro San Bernardo (Salta), los canteristas cortaban la dura cuarcita y la iban despojando de sus láminas acompañantes, alteradas, hasta que llegaban al núcleo sano. De allí obtenían listones para cordones vereda y otras obras de sillar y mampostería que aún permanecen en viejas casas o calles de la ciudad. Las rocas que nacen del interior terrestre emergen sanas por los movimientos tectónicos corticales o por los procesos erosivos.

Los magmas se enfrían en profundidad o se derraman de los volcanes en forma de lavas que se solidifican. Los minerales en ellas, formados a otras presiones y temperaturas que las que reinan en la superficie terrestre, están sanos. Con el correr del tiempo las rocas comienzan a meteorizarse. Ello significa que los agentes meteóricos atacan por medios físicos y químicos a la roca que comienza un lento proceso de descomposición. Vulgarmente comienza a pudrirse. El agua, el viento, el hielo, los cambios de temperatura, la intemperie, el oxígeno, entre otros elementos confluyen para minar la salud de la roca. Los minerales formados a temperaturas elevadas en los magmas o en las lavas pasan a ser inestables en las nuevas condiciones de presión y temperatura ambiente. Algunos óxidos y silicatos resisten, pero otros minerales son transformados en nuevas sustancias.

El agua es un potente agente meteórico que penetra lentamente en las rocas aprovechando cualquier intersticio, poro, o zona de debilidad entre cristales. El agua de lluvia es casi pura si exceptuamos cierta suciedad del aire, pero al penetrar en las rocas toma iones y se va mineralizando con lo cual incrementa su poder de ataque. Si la roca contiene sulfuros, caso de la pirita -un sulfuro de hierro de distribución global-, el agua se volverá acidulada por la presencia de ácido sulfúrico y el ataque corrosivo será mayor. Lo mismo ocurre con el ácido carbónico u otros. Además el agua puede circular a profundidades donde se calienta por grado geotérmico o bien estar relacionada con una región volcánica de alto flujo calórico. Cuanto más caliente y más mineralizada se encuentre el agua mayor será su capacidad de ataque a las rocas por las que atraviesa.

El agua al congelarse en las fisuras de las rocas, aumenta su volumen y actúa como una cuña que rompe físicamente a los materiales pétreos. Los cambios de temperaturas, diurnos y nocturnos, tienen también un fuerte efecto físico sobre las rocas a las que debilitan y finalmente rompen o fragmentan. Estos efectos se sienten más en ambientes desérticos con grandes amplitudes térmicas diarias. Así las rocas se calientan durante el día y se enfrían durante la noche hasta romperse. Cuanto mayor sea la amplitud térmica y según la coloración clara u oscura de las rocas, esto es su albedo, se tendrá una mayor o menor fragmentación. La sal, además de su corrosividad química, puede también generar el efecto cuña por cristalización en las fisuras. Las plantas, no sólo producen ácido húmico, sino que penetran con sus raíces en las rocas hasta desencajarlas. Los distintos tipos de organismos también juegan un rol a la hora de remover las rocas, ya sea invertebrados como hormigas y vermes, o bien vertebrados como roedores.

La Luna y Marte, por la ausencia de atmósfera en un caso y su reducida capacidad en el otro, logran que las rocas se hayan mantenido prácticamente intactas por miles de millones de años. La Tierra en cambio, tiene unas dinámicas endógenas y exógenas activas, cuya interrelación genera grandes transformaciones y dispara innumerables ciclos. Así se tiene desde el conocido ciclo del agua, pasando por los ciclos de muchos elementos químicos (carbono, fósforo, azufre, silicio, aluminio, uranio, etcétera), ciclos de las rocas, ciclo de los continentes, entre otros.

El clima tiene un papel fundamental en la destrucción de las rocas sanas hasta descomponerlas casi completamente al punto de no reconocerse la roca que le dio origen. En los ambientes cálidos, húmedos y tropicales, las rocas se descomponen hasta convertirse en materiales arcillosos con decenas y hasta centenas de metros de espesor. Si las rocas originales son ricas en hierro, caso de los basaltos, se forman suelos rojos llamados lateríticos. Misiones en Argentina y sectores de Paraguay y Brasil se caracterizan por esos suelos ferruginosos, colorados, que forman hermosas postales paisajísticas y que han servido como fuente de mineral de hierro en las viejas fundiciones jesuíticas de las misiones guaraníticas. Si por el contario las rocas originales son aluminosas se pueden formar las bauxitas que son la única fuente económica para la obtención del aluminio. De la misma manera se han formado depósitos de níquel en Cuba y Nueva Caledonia por mencionar algunos de los más conocidos.

Los grandes depósitos de caolín se formaron también por la meteorización química de rocas feldespáticas en ambientes tropicales. Brasil cuenta con ejemplos notables de rocas que han sufrido una profunda meteorización para convertirse en bauxitas, lateritas o caolines. Es interesante que los filones de pegmatitas, portadores de aguamarinas, topacios y otras piedras preciosas, se alteran hasta convertirse en una harina de roca blanca. En el interior de éstas quedan intactos y limpios los grandes cristales transparentes. En 2001 los brasileros encontraron en una mina de Bahía la esmeralda más grande del mundo cuyo peso es de 341 kilogramos y está valuada en unos 400 millones de dólares.

En los ambientes desérticos las rocas están sometidas a destrucción física. El agua, el viento y el hielo de los glaciares pueden transportar los materiales que se forman por meteorización. Las rocas permanecen más sanas que en los ambientes tropicales. De todos modos, la destrucción de las rocas es consecuencia de su larga historia geológica, esto es desde el momento en que se formaron hasta el momento en que quedaron expuestas por exhumación. Entre uno y otro evento los ambientes mutaron a lo largo del tiempo pasando por épocas cálidas y frías, secas y lluviosas, las que imprimieron sus distintas marcas. Un ejemplo es la alteración de las vetas mineralizadas de sulfuros metálicos que cuando la roca está fresca contiene dos o tres minerales primarios originales, pero con el tiempo se transforma en decenas o centenas de especies minerales a raíz del agua y la oxidación.

El geólogo francés Stanislas Meunier hablaba del activismo y la transformación permanente de las rocas de la corteza. El filósofo de Éfeso, Heráclito, lo dejó bien en claro: Todo fluye.

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