Salario real y productividad – Por: Valeriano Colque

A largo plazo, los salarios reales de un país crecen si lo hace la productividad de los trabajadores. Esta productividad está sujeta a su propia capacidad para producir (unido a la educación y capacitación) y del capital y la tecnología que utilizan (inversión). Además, en este movimiento tienen influencia las regulaciones laborales.

De todos modos, en el corto y mediano plazo, puede haber un aumento salarial por encima de la productividad, pero esto ocasiona algunos inconvenientes que luego tienden a ser enmendados. Cuando eso se produce, habitualmente origina un mercado interno muy activo, se pierde competitividad, aumentan las importaciones más que las exportaciones y comienzan a faltar las reservas en dólares. Cuando la situación se torna inestable, se termina devaluando el peso y la inflación que produce deteriora el salario real, que había crecido a niveles incompatibles con la sustentabilidad externa. Este fenómeno es el que se puede observar, en cierto modo, a partir de la salida de la convertibilidad. El gran desafío argentino es que el salario real crezca junto con la productividad.

Nuestros bolsillos tienen una memoria especialmente selectiva. Suelen recordar con más fuerza los días de sequía que los de abundancia. Pero hay que ser comprensivos con ellos. Hace una década que atraviesan los avatares de la inflación y se acostumbraron a cierto grado de ficción que hace cada vez más duro el aterrizaje.

El poder de compra de los salarios siempre está atravesado por la percepción de que la plata no alcanza. O por lo menos no para todo lo que quisiéramos, en especial cuando en las expectativas gana peso lo ambicionado.

Pero también está la dura realidad de los hogares que viven en la pobreza y en la indigencia, con jefes o jefas de familia que subsisten con trabajos precarios e informales, entre quienes la inflación provoca heridas mucho más dolorosas.

¿Qué ha ocurrido en el universo de los trabajadores registrados en la última década? Ese es el mapa que intentamos reconstruir, con la referencia del salario promedio que cobran los empleados “en blanco” del sector privado y su poder adquisitivo frente a indicadores como el metro cuadrado de construcción, el valor de los combustibles, la canasta alimentaria o algunos alimentos.

Aunque son una muestra, ya que el gasto de las familias es mucho más amplio y abarca a otros sectores–impuestos, salud, transporte, educación y esparcimiento, por mencionar algunos–, ayudan en la mirada retrospectiva. Por cierto, en ese proceso las cargas cambiaron de lugar. El espacio que antes dejaba el irresponsable atraso tarifario ahora lo ocupa, justamente, el recorte de subsidios que, aun con gradualismo, crispa los ánimos y contrae el gasto de las familias.

Con todo, lo ocurrido en los últimos años ha sido un derrotero con altas y bajas, pegado a la expansión o contracción de la actividad, y con un telón de fondo en el que el consumo pasó de ser la estrella a tener un papel menos ambicioso.

Pablo Gallo, economista del Cippes que focaliza su estudio en el nivel de pobreza, señala que el aumento del poder adquisitivo no alcanza para mejorar la situación social de la población. “Se parte de un nivel salarial muy bajo, el sueldo promedio está apenas por encima de la línea de pobreza”, remarca, y agrega: “Es un análisis similar a crecimiento y desarrollo. Que el poder de compra suba un poco, por ahora, sólo marca una recuperación del terreno perdido en años anteriores”.

Según los datos del Ministerio de Trabajo de la Nación, el sueldo promedio de todo el país en octubre último era de 25.904 pesos bruto o 21.500 neto. Esto es apenas 37 % o 5.800 pesos por encima de la línea de pobreza para una familia tipo de cuatro personas.

Si en lugar del promedio se toma la mediana, la mitad de los asalariados registrados formales argentinos cobra menos de un sueldo bruto de 20.942 pesos o neto de 17,381,9 pesos, 11 % por encima de la canasta básica total.

A diferencia de décadas atrás, o incluso de los ’90, la pobreza no sólo afecta a los desocupados o trabajadores informales. Una persona puede tener un trabajo en blanco y ser pobre. Para revertir la situación hacen falta muchos años de inflación contenida y desarrollo económico.

Inflación y expectativas. En el Gobierno nacional se manifestaron contrarios al uso de la cláusula gatillo en las negociaciones salariales, aquella que permite dar un nuevo aumento si la inflación alcanza niveles superiores al porcentaje negociado entre empresarios y sindicalistas.

Prontamente, se generó un debate sobre si se puede considerar o no que las paritarias promueven la suba de precios.

Primero, el salario resulta de la productividad, y esta depende de la inversión. Un sector que pierde productividad, difícilmente ofrezca sueldos importantes.

La inflación es un problema diferente, con distintas causas. La más común es el déficit fiscal,   es decir cuando el Estado gasta más de lo que le ingresa. El déficit se cubre con emisión de dinero o de deuda. Ambas meten dinero en la economía a un ritmo mayor que el crecimiento. Las empresas suben los precios porque saben que en la economía hay más dinero, y así el Gobierno termina generando inflación. El Estado tiene instrumentos para sacar ese dinero y evitar que se vaya a precios. Las letras que ofrece al mercado financiero o el aumento de la tasa de interés tienen ese objetivo.

¿Por qué, si suben las tasas y se emiten letras, la inflación sigue siendo alta? Porque entra a jugar otra causa: las expectativas. Si las empresas creen que este año no se va a cumplir con la meta de inflación del 15 %, se van a preparar para elevar precios por encima de ese porcentaje. Los sindicatos, por su parte, no pueden quedarse atrás. Así que negocian un porcentaje, más algún ajuste por inflación.

Esto es lo que se llama la espiral de precios y salarios. Para frenar la espiral hay que actuar sobre las expectativas, pero con señales firmes y creíbles, y el cambio de metas del último 28 de diciembre jugó en contra.

Hoy los privados esperan una señal contundente del Estado respecto de que logrará bajar el déficit fiscal. Para eso, tiene dos opciones: subir impuestos o bajar el gasto. Con una presión fiscal récord para el país y un sector público desacreditado, la primera opción está descartada.

Pero sucede que 6 de cada 10 pesos que pone el Estado lo hace en gasto social; por eso, la segunda opción también es difícil. Lo sucedido con la reforma previsional es una muestra clara.

Frenar la inflación depende de decisiones con impacto económico, social y político. Buscar culpas en la cláusula gatillo es como responsabilizar al chancho. Hay que buscar quién le da de comer.

Se prevé incremento de mano de obra. Las previsiones de contratación de mano de obra para 2018 próximo son mucho mejores que las del año 2017.

Según un relevamiento de la consultora Hucap entre 169 empresas locales, el año que viene, el 28 % planea incrementar su dotación de personal, frente al 12 % que lo hizo en 2017.

Por el contrario, la cantidad de firmas que tienen pensado reducir su plantilla se mantiene casi igual: 13 % este año, frente al 11 % en los 12 meses próximos. “El mercado debería tener mayor movimiento y renacen las expectativas de reactivación”, señala Hucap.

En materia salarial, las paritarias cerraron en 2017 un 23,8 % promedio.

En este marco, el relevamiento señala que la pauta de incremento de sueldos para el personal que está fuera de convenio fue de 25,1 % en 2017. En el primer semestre, la suba fue de 14,8 % y en la segunda mitad del año, de 10,3 %.

Para 2018,las previsiones para los trabajadores no convencionales es de una pauta de 19,8 % de incremento anual, dividido en dos tramos de 11,9 y 7,9 %, cada uno.

Debido al aumento mayor del personal que no está incluido en el convenio colectivo, se redujo a 82 % el porcentaje de empresas que enfrentan un problema de solapamiento salarial, entre jefes y subordinados. En los otros casos, la brecha es de 23,8 %.

Muchas empresas pudieron brindar algunos puntos por encima con aumentos selectivos y por desempeño.

pie-Dr-Valeriano-colque

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