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Inflación: Cultura de la que todos participamos – Por: Valeriano Colque

La inflación es la carga impositiva más importante que el país debe soportar y un tortuoso mecanismo para que gobiernos de turno recauden más y paguen compromisos devaluados, mientras que la peor consecuencia–la pobreza estructural–se dispara a cifras preocupantes.

Nada de lo que podamos enorgullecernos, aun cuando deberíamos preguntarnos cómo fue que llegamos a esto y hemos quedado encerrados con este fantasma del pasado que todos prometieron erradicar con experimentos de ingeniería social de altísimo costo.

La inflación contiene todos y cada uno de los grandes temas que enfrenta el Gobierno en el campo económico: elevado gasto público, alta tributación, gran déficit fiscal, retraso cambiario, nivel de las exportaciones, conflictos distributivos, paros, huelgas, insatisfacciones diversas.

Hace décadas que los argentinos convivimos con la inflación, al punto de que cuando desciende esperamos su suba y cuando sube esperamos que lo siga haciendo.

Como un monstruo de mil cabezas, la inflación siempre está y se manifiesta en todos los órdenes, condicionando desde lo más simple a lo más importante. Ella ha creado una suerte de cultura de la que todos participamos: consumidores, gobernantes y formadores de precios por igual.

Un déjà vu para quienes hemos vivido las décadas de 1970 y 1980. En ese tiempo, en economía prácticamente no se discutía de otra cosa que no fuera la inflación. Es decir, la forma de combatirla.

Había dos grandes bibliotecas. Unos nos advertían que las causas de la inflación en la Argentina estaban vinculadas con su estructura económica. La otra escuela, los liberales y más específicamente los monetaristas, afirmaban que la inflación era sobre todo un fenómeno monetario, originado en la monetización del déficit fiscal.

Podría decirse que el debate teórico ha sido ganado por los liberales, pues ya casi nadie afirma con seriedad que el alza de precios es indiferente a la emisión monetaria. Pero la inflación sigue aquí, de nuevo.

Los éxitos logrados en el combate contra la inflación fueron por lo general efímeros. En pocos meses, el flagelo reaparecía. Ni el gobierno militar, con su dureza disciplinante, logró éxitos permanentes.

En ese tiempo, se intentó manejar la variación del tipo de cambio (tablita cambiaria), pero cuando hubo un recambio de ministros en abril de 1981, el precio del dólar se disparó, pese a que el ministro entrante, Lorenzo Sigaut, advirtió que “el que apuesta al dólar, pierde”.

Durante los años de Raúl Alfonsín, se logró un importante aunque temporario éxito cuando el ministro Juan Sourrouille lanzó el Plan Austral, a mediados de 1985. La inflación bajó, pero pocos meses después retornó con toda su fuerza.

Hacia el final de los años 1980 y comienzos de la década de 1990, la economía argentina padeció la tan temida hiperinflación, consecuencia inevitable del escalonamiento inflacionario.

Finalmente llegaron Domingo Cavallo y la convertibilidad, en marzo de 1991. El llamado “uno a uno” ancló el tipo de cambio en una paridad fija. El gobierno no podía emitir moneda sino contra la entrada de divisas. Eso suponía un estricto control del déficit fiscal que duró algunos años, hasta la partida del ministro en 1996.

Con el tiempo, el sistema acumuló tensiones hasta su estallido final en 2001, bajo el gobierno de Fernando de la Rúa. Tuvimos una década de estabilidad y pudimos palpar las ventajas de una economía sin inflación.

La crisis mejicana (1994) y las devaluaciones de Rusia (1997) y de Brasil (1999) fueron horadando la convertibilidad, que demandaba ajustes que nadie quería realizar pues percibían que la población estaba satisfecha y no quería cambios.

La crisis de la convertibilidad y el cambio de gobierno supusieron una mayor tolerancia social. El salario bajó y la desocupación aumentó. El precio del dólar se multiplicó por cuatro y luego se estabilizó en tres pesos. Ello permitió un reacomodamiento de las cuentas públicas, que se compaginó con un fenómeno que marcó la primera década del siglo: el alza inusitada del precio de las commodities.

Los superávits gemelos estuvieron al alcance de la mano y marcaron los años de abundancia de Néstor Kirchner. El país nadaba en divisas y creímos que eso duraría para siempre. La derrota electoral de 2009 hizo que el gobierno entrara en una lógica de gasto público creciente con el afán de recuperar los votos perdidos. Y ahí comenzó a gestarse en toda su dimensión la inflación que hoy padecemos.

Retrasos tarifarios, subsidios, asignaciones, planes, jubilaciones sin aportes hicieron trepar el gasto en un tiempo en que la soja y el resto de las commodities ya no tenían los valores previos a 2008. Y este es el escenario heredado por el Gobierno actual. Ante cada recorte del gasto, recibe un reclamo. Pero además apuesta a reducir los impuestos con el afán de sumar a la expansión económica y de ese modo no disminuir la recaudación y a la vez generar empleo.

La cadencia del gobierno anterior llevaba al país a una situación similar a la de Venezuela, cercana a la disolución social. El combate a la inflación siempre es ominoso: supone restricciones y ajustes con la idea de un futuro de estabilidad en el que se recuperen de un modo genuino los ingresos que hoy se resignan.

Dos años de política monetaria de clara ortodoxia nos han dejado en el mismo punto en el que estábamos. Mientras, Hacienda y el Banco Central se abocan al deporte más argentino de todos, la adjudicación de responsabilidades.

Mientras los créditos tomados en el exterior aportan dólares que el Banco Central debe esterilizar ofreciendo Lebacs de alto rendimiento, cualquier proyecto productivo deberá archivarse a la espera de mejores tiempos, dado que el negocio financiero es más rápido y rentable: el retorno de la no menos argentina bicicleta es uno de los aspectos salientes de este proceso en el que de nuevo dólar y tasas de interés van en curso de colisión.

Hay una sensación de déjà vu en todo esto, como si siempre estuviéramos volviendo al escenario de nuestros antiguos males, mientras se agranda un déficit que vuelve a mostrar al deficiente Estado argentino como el generador de los males que debe combatir: ineficiente, superpoblado, dilapidador de recursos sin orden ni concierto, las señales que a diario ofrece a la sociedad son las mismas que daría un enfermo que niega sus males.

En ese marco, todos y cada uno, curados en salud, hacemos lo de siempre: remarcar precios, dolarizarnos, facturar en negro en un festival de la anormalidad, olvidando que esa parte de la población que sigue trabajando y pagando enormes impuestos, tasas y servicios ya no puede con su alma. Y, lo peor de todo, que al igual que la gente los países también fracasan.

Es esta y ninguna otra la gran batalla económica. Y lo más probable es que dure aún varios años.

Si no cede la inflación, es difícil que el consumo arranque. La consultora Kantar Worldpanel hizo un balance del consumo en 2017, que cerró con una caída de 1 % en volumen frente a 2016, año en que había caído otro 4 % anual. 

El 2017 arrancó con una baja de 3 % en el primer semestre. En septiembre empezó a recuperarse, pero en el último mes la racha se cortó, el consumo no creció y por segundo año consecutivo cerró en negativo. Todavía no están los datos de la actividad económica del año pasado, pero las previsiones oficiales y privadas indican que la economía habría crecido 3 % frente a 2016.

¿Por qué, entonces, es tan difícil que se recupere el consumo? ¿Qué está frenando el gasto en las familias? En parte, un fenómeno que contraría los dichos de la cúpula de la Confederación General del Trabajo (CGT), cuando acusó al Gobierno nacional de “hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres”.

Según Kantar Worldpanel, en el segmento de menores ingresos de la población, el sector bajo inferior, las compras crecieron 3 % en volumen. La base de la pirámide social cuenta con muchos beneficiados por el crecimiento de la construcción, que acumuló hasta noviembre un avance de 12,6 %, según el Indec. Además, es donde menos impactan los aumentos de tarifas, impuestos y servicios públicos. 

Mientras tanto, el consumo bajó 2 % en el nivel bajo superior de la población, 1 % en el medio bajo y 2 % en el alto y medio. Estos sectores sintieron más la quita de subsidios y el aumento en los servicios y combustibles, que se están llevando parte de los ingresos que antes estas familias dedicaban al consumo. Pero además hay dos datos que muestran que en los segmentos más altos de la pirámide social hubo un cambio de actitud.

En 2017 se patentaron 901.000 vehículos 0 kilómetro, 27 % más que en 2016, en parte gracias al poco aumento en los precios de los autos brasileños. Además, los créditos hipotecarios en pesos ajustados por UVA acumularon el año pasado un crecimiento de 106,7 %, en parte gracias a las menores exigencias, comparadas con los préstamos tradicionales. Desde su lanzamiento, se entregaron 56.300 millones de pesos en esta línea.

Claramente, ante una buena oportunidad, los segmentos de mayores ingresos sacrificaron consumo y apostaron a la inversión, aun en un año en el que hubo que defender el poder adquisitivo de los salarios. Kantar proyecta para el primer semestre de 2018 un crecimiento del consumo del 1 %. Pero, si no cede la inflación, es difícil pensar que se cumplirá.

 

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