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¡Qué país divino es Argentina! – Por: Valeriano Colque

Hasta 1930 Argentina aventajó en el crecimiento del producto por habitante a países que en el presente han alcanzado una posición económica muy superior, por ejemplo, Australia, Canadá y los Estados Unidos. Estos países contaban a principios de siglo con dotaciones de recursos muy similares a las de Argentina. Durante esta etapa, Argentina basó su estrategia de crecimiento en la expansión de la demanda externa por su producción de origen agropecuario.

Debido a factores externos como la Gran Crisis y a decisiones internas, con posterioridad a 1930 Argentina experimentó un notable deterioro en su ritmo de crecimiento comparado con los países antes mencionados. En este período, Argentina inició un cambio en su estrategia de crecimiento que se iría consolidando con el paso del tiempo. Este cambio consistió en sustituir la demanda externa como motor del crecimiento por la expansión de la demanda interna.

La nueva estrategia se instrumentó, en una primera fase, mediante la elevación de los impuestos a las importaciones y controles cambiarios. Esta es la fase llamada sustitución “fácil” de importaciones porque promovió la aparición de industrias livianas.

Terminada la Segunda Guerra, el comercio mundial retomó una tendencia expansiva pero Argentina acentuó su encerramiento. En esta fase, que se ha dado en llamar de sustitución “difícil” de importaciones, se trató de promover las industrias pesadas o básicas. Además de los aranceles, las limitaciones a las importaciones se instrumentaron a través de restricciones cuantitativas como cuotas y prohibiciones directas. Los controles cambiarios y las restricciones a los movimientos de capitales se intensificaron a la vez que se aplicaron políticas fiscales y monetarias expansivas. Con frecuencia, estas políticas macroeconómicas fueron insostenibles en el largo plazo ya que implicaron aumentos del gasto público o tasas de expansión monetaria muy por encima de niveles no inflacionarios.

Las políticas comerciales y macroeconómicas aplicadas fueron las causantes de las frecuentes sobrevaluaciones de la moneda, es decir, de los bajos niveles del tipo de cambio real. Este fenómeno tuvo efectos discriminantes en contra del sector agropecuario porque ha sido un sector mucho más abierto y, por lo tanto, más expuesto a la competencia externa comparado con el sector no agropecuario.

El objetivo perseguido con la adopción de esta estrategia de crecimiento fue precisamente incentivar la producción doméstica de manufacturas y transformar así la estructura de la economía en un aparato productivo dotado de mayor o total autonomía con respecto a las importaciones de bienes no producidos internamente. Sin dudas, el sector sustitutivo de importaciones (industrial) experimentó una muy importante expansión, aun cuando no llegó a ganar significativamente los mercados externos con sus exportaciones y, por el contrario, se convirtió en un fuerte importador de insumos intermedios. La adopción de esta estrategia por parte de Argentina y otros países latinoamericanos resultó en una estructura tanto o más dependiente que la que tenía con anterioridad al cambio.

Vale la pena señalar aquí que esta estrategia sustitutiva de importaciones se sustentó en tres ideas básicas dominantes en las décadas de los cuarenta y cincuenta: el pesimismo sobre el grado de respuesta de la oferta agropecuaria, el pesimismo sobre la expansión del comercio mundial y el deterioro de los términos del intercambio externo. Sin embargo, la evidencia empírica no corrobora ninguna de estas hipótesis, al menos las que son específicas para el caso de Argentina.

Los fracasos económicos. En 70 años tuvimos cinco fracasos económicos y ahora luchamos para evitar el sexto. Del crecimiento a tasas chinas de la época de Néstor Kirchner pasamos a un déficit del 5 % del Producto Interno Bruto (PIB) de su señora esposa, Cristina Fernández. Tan pronto levantamos cabeza, salimos corriendo a gastar el dinero.

Fracasamos en la primera época de Juan Domingo Perón cuando debió asilarse en España tras la aparición de la inflación. Luego vino el fracaso económico de las Fuerzas Armadas, con el agregado de la humillación de Malvinas. Raúl Alfonsín erró el camino en su gestión y tuvo que dejar el cargo con seis meses de anticipación.

Con Carlos Menem apareció la convertibilidad dirigida por Domingo Cavallo. Crecimos cinco o seis años otra vez con tasas “chinas”. ¿Y el reajuste del Estado? Bien, gracias. Nuevo fracaso económico y Eduardo Duhalde con Remes Levnicov y Roberto Lavagna hacen el trabajo sucio para que asuma Kirchner. Del 1 a 1 pasamos a 3,6 pesos en el precio de dólar. Nuevamente surgimos de las cenizas. Y así, llegamos al 2015.

Los 44 millones de argentinos que habitamos en el octavo país del mundo en superficie no podemos salir de la mediocridad. No se trata de cualquier país, sino de uno que tiene todo tipo de riquezas. Pero el populismo es muy atrapante. Le permite al gobernante de turno utilizar atajos para repartir esa riqueza en el menor tiempo posible.

Es más cómodo dar trabajo a la gente con un puestito en la administración pública. Ahora ya tenemos casi 4 millones de empleados, que significa algo así como 1 trabajador público cada 10 argentinos. Es más bondadoso otorgarle una jubilación a personas que nunca aportaron o que tuvieron el privilegio de pasar a retiro antes de los 65 años. Ni hablemos de los jubilados por invalidez.

Todo este populismo nos ha llevado a tener un jubilado cada 1,5 aportantes, cuando el sistema aconseja 4 a 5 aportantes. Entonces, no hay que remover demasiado para descubrir la explicación del descalabro del sistema jubilatorio. Ahora aparecen las protestas por la reforma jubilatoria.

Con el actual Gobierno, seguimos esperando el ajuste en el sector público. Siempre el sector privado fue la tabla de salvación. En dos años, es poco lo que se ha avanzado en este tema. Y masticamos de bronca cuando nos enteramos que hay legisladores que tienen más de 50 empleados. O cuando sabemos que las empresas estatales pierden dinero a pesar del esfuerzo realizado para sacarlas del ostracismo.

En verdad, dilapidamos varias herencias. Ahora aguardamos que los ajustes lleguen a tiempo. El gradualismo suaviza los golpes bajos, pero requiere una paciencia especial que esperemos que la mayoría de los argentinos la tengan en el futuro.

Un loco dijo alguna vez que los argentinos “tendríamos que alquilarles el país a unos cinco millones de japoneses”. Ellos laburarían y nosotros viviríamos de la renta.

La verdad: ¿por qué no probamos con trabajar? No de manera disparatada. Es suficiente con ocho horas diarias. Quién no te dice que, de pronto, el país se pone de pie antes de lo esperado.

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