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Restos de la Era Glaciar – Por: Ricardo Alonso

Alguna vez se pensó que hace no mucho tiempo el planeta se cubrió de hielos de polo a polo. Esto pasó realmente, pero unos 600 millones de años atrás, en el tiempo Criogénico (de cryos igual a hielo), del Precámbrico. Sin embargo hace pocas decenas o centenas de miles de años hubo un avance generalizado de los hielos que se movieron hacia las latitudes bajas y empujaron hacia nuevos territorios a las bestias del Pleistoceno. Son aquellas como el gliptodonte, el megaterio o el tigre dientes de sable que se hicieron populares en las películas sobre la Edad del Hielo. Una de las pruebas de esos avances del hielo eran los “bloques erráticos”, moles graníticas o de rocas parecidas que aparecían sueltos y aislados en extensas llanuras. La discusión sobre estos enigmáticos bloques y su verdadero origen duró varios siglos y dio lugar a encendidos debates.

Hay que imaginarse el asombro que les producía a aquellos hombres del siglo XVIII, XIX y aún ya entrado el siglo XX, encontrar en medio de una extensa llanura un gran bloque rocoso aislado. Y no emergiendo de la tierra como podría ser el caso de algunas vetas duras desgastadas por la erosión pero que hundían sus “raíces” en las profundidades. Estamos hablando de bloques sueltos, del tamaño de un auto, una casa o más grandes aún; solos o juntos a otros, aislados y separados decenas o centenares de metros entre ellos en la inmensidad de una llanura. Bloques de rocas desconocidas para esa región. O en el mejor de los casos de rocas identificables en zonas montañosas a cientos de kilómetros de distancia. ¿Cómo llegaron hasta allí? ¿Fueron las fuerzas de la naturaleza o seres humanos? ¿Qué fuerzas de la naturaleza? ¿Qué seres humanos? ¿Con qué motivo? ¿Para qué? ¿Acaso fueron los extraterrestres que los movieron en sus platillos voladores como especularon algunos cultores del mundo de las pseudociencias? Estas y otras preguntas, antiguas y modernas, dieron pasto a una profusa literatura tanto científica como ficcional. Se propusieron decenas de teorías que ganaban aceptación y luego se hundían por su propio peso. Algunas especulaciones invocaban una vía aérea utilizando como mecanismo la eyección a través de enormes erupciones volcánicas. En la mayoría de los casos los volcanes quedaban demasiado lejos y además la naturaleza de los bloques no era de origen volcánico lo que invalidaba la teoría. Un caso singular fue la discusión sobre el famoso meteorito “El Mesón de Fierro”, perdido en el Chaco santiagueño, que sí llegó por el aire, desde el espacio cósmico, pero del cual se especuló ser desde una masa de hierro arrojada por un volcán hasta una mina de plata crecida en la tierra. En esta discusión terciaron Joseph Redhead, WoodbineParish y hasta hicieron partícipe al gran sabio Alexander von Humboldt. Otros pensaban que los afamados bloques erráticos habían llegado hasta su lugar de residencia por grandes flujos o avenidas de agua. Hay decenas de ejemplos de roturas de lagos en zonas montañosas que liberaron grandes volúmenes de agua, la que bajó descontrolada y a enorme velocidad arrastrando a su paso bloques rocosos y dejándolos a kilómetros de su lugar de origen. Un ejemplo en los Andes peruanos fue la rotura de un lago glaciar en los Nevados de Huascarán, a raíz de un terremoto en 1976, que arrasó en segundos el pueblo de Yungay con un saldo de 70.000 muertos y que arrojó por proyección balística enormes bloques rocosos a decenas de kilómetros generando cráteres de impacto en los lugares de caída. Existen ejemplos similares en otras partes del mundo. De todos modos, los bloques erráticos en medio de amplias llanuras, seguían siendo inexplicables ya que la energía en una región plana se disipa rápidamente. Algunos especularon con hombres prehistóricos o civilizaciones antiguas que los movieron hasta esos lugares. Pero tampoco había una explicación racional del por qué ni del para qué, así como tampoco evidencias arqueológicas que apoyaran ese origen. Parecido, pero diferente, es el caso de Stonehenge en Inglaterra, monumento megalítico del Neolítico con una antigüedad de 5000 años donde sí aparece claramente la mano del hombre. Salvo para quienes prefieren pensar en seres del espacio dando rienda suelta a su fértil imaginación. Son aquellos a los que Francisco Zamora, recordado escritor y periodista de El Tribuno, los definiera como “Extraterrestres picapedreros”. Los estudiosos de las glaciaciones de los Alpes observaron desde muy temprano que los glaciares podían trasportar grandes bloques rocosos arrancados de las paredes del valle glaciar. Pero esos bloques quedaban formando una orla o morrena frontal en el punto máximo donde alcanzaba la lengua glaciaria o bien salpicando la región a medida que se retiraba el glaciar. Otra vez fallaba en explicar la teoría de esos boques a grandes distancias perdidos en medio de la llanura. Horace-Bénédict de Saussure (1740-1799), noble suizo dedicado a la geología, sostenía a mediados del siglo XVIII que ¡los bloques graníticos no crecen como hongos! Otro geólogo suizo, Jean-André De Luc (1727-1817), emitió en 1778 la hipótesis de que los bloques habían sido expulsados por la explosión subterránea de cámaras o bolsas de gas. De Saussure rebatió esa idea ya que no había evidencia alguna de tales cámaras y además le pareció que en todo caso se desintegrarían al caer. Jean-ÉtienneGuettard era de la idea que los bloques formaban parte de una cadena montañosa erosionada, pero bastaba cavar por debajo de ellos o ver los sedimentos glaciarios, llamados till, en que se apoyaban para que la hipótesis se desplomara. Hubo otro suizo, el ingeniero Ignacio Venetz, que en 1821 llegó a la conclusión de que los bloques erráticos no eran otra cosa que las morrenas o escombros de viejos glaciares que se habían contraído. Pero esto chocaba de lleno con la tradición bíblica en donde la tierra se estaba enfriando y por lo tanto no podía haber glaciales más viejos y de mayor magnitud a los presentes. Como se aprecia fueron fundamentalmente suizos los que se ocuparon de la cuestión. Un caso especial de catastrofista fue el francés Nereo Boubée (1806-1862) quien en 1833 publicó un manual de geología elemental donde planteó la idea de un diluvio cósmico. Según él un cometa se habría estrellado contra la Tierra y lanzado bloques en todas direcciones. Es interesante señalar que uno de los suizos, el Dr. Johann Rudolf Rengger (1795-1832), vino a Paraguay donde fue capturado por el dictador Gaspar de Francia que lo mantuvo cautivo, acusado de espía, entre 1819 y 1826. Rengger realizó allí estudios de ciencias naturales y medicina, pero además se ocupó de los bloques erráticos que esperaba encontrar en la región y usarlos de guía como referentes de antiguas glaciaciones. Esto no ocurrió y el que lo remarca es el navegante del Bermejo, Pablo Soria (1763-1851), quién publicó un artículo en el Boletín Geológico de Francia y también corrió la misma suerte de cautiverio que Rengger y Amado Bonpland. Otro sabio que prestó atención a los bloques erráticos fue Charles Darwin en la zona del Estrecho de Magallanes. Louis Agassiz (1807-1873) renombrado naturalista, planteó la idea de que durante el último período geológico del planeta, el Cuaternario, hubo una glaciación global que avanzó desde los polos hasta el ecuador. La llamó la “Edad Glacial”. Los bloques erráticos serían entonces desprendimientos de grandes rocas de las montañas que habrían viajado “flotando” en el hielo por cientos de kilómetros y que fueron abandonados a gran distancia cuando los hielos desaparecieron. Era esta una teoría catastrofista que cambiaba el diluvio de agua bíblico por un “diluvio” de hielo. Con dicha teoría los bloques erráticos dispersos en la llanura donde se asientan las ciudades de Berlín y Potsdam, Escocia, o las ciudades del centro de los Estados Unidos tenían una explicación clara. La idea prendió con fuerza y muchos científicos salieron a buscar las evidencias de bloques erráticos en regiones muy lejanas a las de los hielos actuales. Influenciado por Agassiz, el joven Charles Frederick Hartt (1840-1878)que fuera el primer profesor de geología de la Universidad de Cornell (Nueva York), partió hacia el Amazonas con la idea de encontrar esos bloques enigmáticos. Hizo un par de intentos hasta que murió allí de fiebre amarilla. Hoy sabemos que hubo grandes glaciaciones en el pasado, que Suiza se cubrió de hielos como Groenlandia, y que en su mayoría los bloques erráticos tienen un origen glaciario.

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