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Los salteños y sus bibliotecas – Por: Ricardo Alonso

Salta fue y es una ciudad próspera en ricas bibliotecas personales. Es interesante mencionar que, probablemente, el primer gran bibliófilo argentino fuese el salteño Gregorio Beéche(1800-1878) quien llegó a poseer una notable biblioteca personal en pleno siglo XIX. Estuvo en Potosí donde estableció negocios mineros, luego pasó a Chuquisaca y más tarde como prefecto del puerto de Cobija. En todos estos traslados fue llevando su biblioteca de libros americanos muchos de los cuales se perdieron en refriegas políticas. Finalmente se radicó en Valparaíso (Chile) donde fue muy respetado por su condición de bibliófilo y pudo rehacer su biblioteca. Además frecuentó a importantes argentinos exiliados como Alberdi, Sarmiento, Mitre y otros. En los últimos años de su vida ofreció en venta sus libros y documentos a la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, una gestión que no prosperó. El erudito chileno Benjamín Vicuña Mackena publicó un año después de la muerte de Beéche un Catálogo Razonado de la biblioteca compuesta de 4600 volúmenes, numerosos manuscritos y particularmente rica en folletos, grandes ediciones de viajes, atlas y tratados especiales sobre América. Esos libros terminaron formando el núcleo fundacional de la biblioteca nacional de Santiago de Chile que lleva el nombre “Biblioteca Beéche”.

Tres intelectuales salteños del siglo XIX fueron dueños de ricas bibliotecas personales: Casiano Goytia (1811-1882), Juan Martín Leguizamón (1830-1881) y Mariano Zorreguieta (1830-1893). Además estos personajes tienen el mérito de haber publicado juntos,en 1872,el primer libro impreso en Salta. El libro trata sobre cuestiones de límites con países vecinos por parte de Leguizamón y Goytia y sobre la historia de Salta en la época del coloniaje porZorreguieta. José Tomás de Peñalva Frías, bodeguero y dueño de la finca El Recreo en Cafayate, donó unos 500 libros al trasladarse a Buenos Aires en la década de 1910. Dichos ejemplares formaron parte del  núcleo de la Biblioteca Municipal de Cafayate.

Otra gran biblioteca personal fue la perteneciente al ilustre salteño Dr. Victorino de la Plaza (1840-1919), quién llegó a la presidencia de la nación. Victorino de la Plaza en su testamento donó a la biblioteca pública de Salta “todos sus libros, mapas y cartas geográficas, así como los armarios y bibliotecas”. El 29 de octubre de 1920, el Gobernador de la Provincia de Salta, Joaquín Castellanos, dispone la creación de la Biblioteca Provincial con el nombre del Dr. Victorino de la Plaza. Dicha biblioteca constituye el núcleo fundacional de la actual biblioteca pública de Salta y sus libros forman parte del tesoro institucional. También se incorporó a ese fondo provincial la biblioteca privada del médico y bibliófilo salteño Dr. Rafael Zambrano, la que fue adquirida y traída a Salta durante el primer gobierno de Roberto Augusto Ulloa. Especializada en temas de Salta y catalogada por la señora Lelia Montesinos, la colección Zambrano es una de las más significativas en el patrimonio del Archivo y Biblioteca Históricos de Salta.

Una biblioteca muy importante fue la que perteneció al Dr. Carlos Serrey (1873-1957). Este distinguido jurisconsulto y legislador era hijo del médico prusiano Dr. Manuel Mauricio W. de Serrey (1824-1906), quien casó en La Rioja con Clarisa Dávila, perteneciente a una antigua familia riojana. Manuel Serrey se estableció en Salta donde le tocó actuar contra el flagelo del cólera y atender a muchos enfermos de bajos recursos. Dejó una colección de libros que luego enriqueció su hijo Carlos. Dicha biblioteca constituye uno de los núcleos fundacionales de la Biblioteca Privada J. Armando Caro de Cerrillos (Salta).

Una extraordinaria biblioteca fue la del Dr. Manuel Colina, abogado penalista, de familia salteña aunque se radicó y ejerció en Jujuy. El doctor Colina había sido seminarista en su juventud lo que le brindó una formación humanística general. Su biblioteca estaba compuesta por textos jurídicos y textos generales de religión, filosofía y letras. Uno de los rubros destacados eran las hagiografías o historias de las vidas de los santos de todos los tiempos. Contaba con unos 45 mil volúmenes que se desperdigaron al fallecer. El Dr. Colina dejó una escasa obra escrita pero era un gran lector. Marcaba los costados de los párrafos de las páginas que le resultaban de interés con un lápiz fino y de acuerdo a la importancia ponía entre una y cinco rayas verticales. La mayoría de sus libros habían sido leídos hasta el final.

Generalmente la pregunta que se le hace a alguien que tiene una gran biblioteca es si ha leído todos los libros. Como se sabe eso es literalmente imposible, no sólo porque muchas son obras de consulta, caso de enciclopedias o diccionarios, sino también porque el apasionado del libro compra muchos más libros de los que logra leer. El caso de Colina es verdaderamente asombroso. Otros salteños del siglo XX y poseedores de importantes bibliotecas personales fueron Carlos Gregorio Romero Sosa, Carlos Ibarguren y Francisco Centeno. Las dos primeras quedaron en Buenos Aires y solo la de Centeno retornó a Salta. Una muy importante biblioteca fue también la de monseñor Miguel Ángel Vergara, erudito historiador, que fuera incorporada al Museo Casa de Uriburu donde se conserva y atesora. También merece destacarse la biblioteca personal del profesor Amadeo Rodolfo Sirolli (1900-1981), que contaba con varios miles de volúmenes sobre temas de arqueología, antropología, historia y literatura.

Una rica biblioteca de temas jurídicos e históricos es la que perteneció al notable intelectual salteño doctor Atilio Cornejo (1899-1985). Abogado e historiador, Cornejo adquirió en 1937 una casa colonial en la calle Córdoba 36, justo enfrente de la entrada de una de las bibliotecas más antiguas de Salta, la de los padres franciscanos, donde se conservan desde incunables hasta preciosos documentos históricos. El Dr. Atilio Cornejo acrecentó a lo largo de su vida el patrimonio bibliográfico de sus fondos documentales con los cuales escribió importantes piezas de la historia de Salta y del norte argentino. Entre ellas se destacan sus “Apuntes históricos sobre Salta” y “La historia de Güemes”, entre muchas otras obras. Se comenta que en la confortable casa colonial que la alberga, funcionó antiguamente la escuela primaria de la maestra doña Josefa Benigna Saravia. Allí se educó la célebre periodista y docente doña Benita Campos, entre otras destacadas damas salteñas. El inmueble fue donado a la provincia de Salta en 1985, junto con su patrimonio mobiliario y su fondo bibliográfico y documental. Creada con el nombre de “Biblioteca Provincial Doctor Atilio Cornejo”, depende actualmente de la Dirección General de Bibliotecas y Archivos de la Secretaría de Cultura de la Provincia de Salta.

En la Salta de fines del siglo XX y lo que va del XXI se destaca claramente la biblioteca personal de Gregorio Abelardo Caro Figueroa. Este caballero, Académico Nacional de la Historia, es el poseedor de la mayor biblioteca privada de Salta y uno de los principales bibliófilos y estudiosos del libro en todas sus dimensiones. Esta pasión por el libro es compartida por su esposa Lucía SolísTolosa, filósofa y magister. Ambos comenzaron su obra en carácter de estudiantes de la Universidad Nacional de Tucumán a fines de la década de 1960. Luego de haber vivido en Madrid (exiliados), en Buenos Aires y con más de una docena de mudanzas, finalmente se instalaron en Cerrillos (Salta) donde fundaron la “Biblioteca Privada J. Armando Caro” que cuenta con unos 45 mil libros a los que deben sumarse otros miles de revistas, periódicos, folletos, recortes de prensa, material audiovisual, postales y fotografías antiguas.

Las bibliotecas personales son un fiel reflejo de los gustos intelectuales de sus dueños, celosos de las obras que poseen. Por ello muchas bibliotecas valiosas son ignotas y crecen inadvertidas en casas y departamentos, no solo de escritores, profesores o científicos, sino también de personas anónimas que aman el libro.

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